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miércoles, mayo 14, 2014

03 EL VAMPIRO










EL VAMPIRO entra en la taberna y toma asiento en la mesa más alejada de la barra. A la usanza de sus antepasados, lleva una gabardina oscura, capa con listones rojos, camisa blanca, pantalón negro, zapatos de charol. Su estrambótica apariencia no perturba a los asistentes, que le tienden una mirada indiferente, como si se tratara de un visitante más. La taberna es una casona de un solo piso, levantada al borde de una carretera sin nombre, en un tramo que carece de alumbrado público. Son las doce de la noche y el local luce atestado. Después de laborar en los graneros de la comarca, los lugareños hacen una parada antes de volver a casa. Casi todos son hombres. La lluvia –rala, pero dura– golpetea las ventanas. Es casi seguro que habrá tormenta. El frío de la neblina se cuela por las fisuras de las paredes, aunque la chimenea del fondo logra entibiar el ambiente. No hay música: el rumor de las conversaciones mezclándose constituye la única bulla que recorre la estancia. El vampiro bebe una cerveza mientras su mirada –lenta y lateral– recorre cada mesa, estudiando la gestualidad de sus ocupantes. Aquí nadie sabe que se llama Boris. Nadie sabe que sus colmillos esquilmados jamás han perforado las venas de ninguna víctima, ni que lleva siglos repitiendo la aburrida rutina de morir para después resucitar. Nadie sabe que está perdidamente enamorado de Mina Murray, la hija del doctor Seward, dueño de la taberna. Nadie sabe que ahora, justo ahora, mientras Mina se bambolea coquetamente entre las mesas, atendiendo a los clientes que se funden en un exagerado vínculo de gratuita celebración, mientras ocurre eso, el vampiro exorciza sus penas allá en la profundidad de su vaso. Pobre Boris: si supiera cómo hacerlo, se convertiría en lobo, murciélago, perro o mosca. Pero no sabe. Ni siquiera tiene el valor para dejar su posición, encarar a alguno de los pobres diablos que circulan a su alrededor, embestirlo, y aplicarle en el cuello una dentellada mortal. Si pudiera, piensa, le succionaría a cada uno todos los glóbulos, las plaquetas, hasta dejarlos exangües, con el pellejo pegado al esqueleto. Pobre Boris: quisiera ser un monstruo, un monstruo horrible que no dudara en vengarse de los humanos. Un monstruo que infundiera temor en los demás, que pudiera instaurar un reino con el cual expandir la fama de horrendo chupasangre de que carece. Su condición, no obstante, le impide alcanzar esos propósitos. Boris es un vampiro anormal, susceptible, disfuncional, voluble, enamoradizo, sin malicia, incapaz de infligir el daño que la naturaleza le exige procurar a las subespecies con que convive. No reniega de su casta, pero la contradice. No se lamenta de su oscuridad, mas le rehúye. Boris no puede matar, pero cómo quisiera”. 
***
Raro escribe la historia de Boris, el vampiro inútil, esperando que Sebastián –su vecino y amigo director de cine–  la convierta en un cortometraje. Todo fue idea del propio Sebastián. Se lo pidió una tarde, en medio de una larga conversación sobre las aspiraciones de cada uno. Raro le contaba de la riña con sus padres, de lo asfixiante que resultaba su casa, de su nuevo trabajo en la aerolínea, de sus ganas, nunca ventiladas, de escribir relatos e historias que pudieran convertirse en películas, aunque sea de circulación menor.
No tenía experiencia en la elaboración de guiones, pero alguna vez, estando todavía en la universidad, participó como alumno libre en un taller de narrativa audiovisual en la Facultad de Comunicación. Solo asistió a cuatro clases, pero quedó fascinado. Si no continuó fue por culpa de las materias de Derecho, que se pusieron difíciles, exigiéndole el doble de concentración. Se prometió retomar el taller al siguiente semestre, pero no lo hizo, sin embargo, algo como un interruptor dentro de él se había activado, una chispa que necesitaba de algún combustible para convertirse en una llamarada corrosiva. Raro tenía el fuego dormido y fue Sebastián quien le facilitó la gasolina para propagarlo. Estaba preparando un conjunto de cortos para exponerlos en un festival en Cuba y, como parte del proyecto, les pidió a cuatro amigos, entre ellos Raro, un texto, un cuento breve, que él luego transformaría.
–Pero no tengo la más puta idea de cómo hacerlo. Recuerdo un poco de la teoría pero me falta toda la técnica. Acuérdate de que no acabé el taller. Si me siento en la computadora, voy a quedarme en blanco. Gracias, Sebastián, pero no soy escritor. No sé si pueda. 
–Tranquilo. No te estoy pidiendo un guión profesional. Vamos por partes. Empieza por un personaje. Descríbelo, retrátalo, dale un lugar.
–¿Un personaje real o imaginario?
–Dejemos que sea ficticio, pero constrúyelo como si fuera real. No importa lo delirante o estrafalario que sea. No interesa si es un extraterrestre, un zombi o un jinete sin cabeza. Importa que haya coherencia entre él y el universo por donde se mueve. ¿Me dejo entender?         
–Más o menos
–Ya, mira. ¿Te acuerdas del cuento que te mostré el otro día? El de Monterroso: el del rey que abandonaba su corte, su pueblo y, de la nada, decidía irse al norte de África para vivir en comunidad con una tribu de ancianos que idolatraba…
–…a los hipopótamos. Sí, claro. Lo recuerdo. Me lo leí de un tirón en el taxi.
–Ya, pues. Monterroso contó después en una entrevista que se inspiró en un tío suyo que, tras renunciar a su puesto de funcionario en una mutual muy popular en Tegucigalpa, se marchó de la gran ciudad para refugiarse en el campo, donde se dedicó a la crianza de palomas mensajeras. A eso me refiero: parte de algo real, bosqueja un perfil y luego colócale un ropaje de mentira. ¿Captas?
–Sí, capto. ¿Y quieres que mi personaje también se vaya al África?
–No seas idiota. Solo quiero que inventes uno, que lo dotes de una personalidad, de un carácter, de un modo de pensar, que des pincelazos de su biografía. No lo tomes como una tarea. Solo diviértete.
***
Raro escribía afanosamente por las mañanas y también durante los tiempos muertos de las clases de capacitación de la aerolínea. En la primera versión de su relato, el personaje de Mina no figuraba. La incluyó en un segundo momento, al considerar que su personaje, siendo en teoría abominable, debía mostrarse vulnerable. Quería fortalecer esa contradicción. Crear a Mina, y hacer que el vampiro se enamorase de ella, era un modo de conseguir tal efecto. 
La repentina presencia de Mina en su texto coincidió con la no menos súbita aparición de Sofía en su vida. Sofía era la chica blanquiñosa, peinada con cola de caballo, que se sentaba a su lado en las clases de capacitación. Le gustó desde el primer día. Ella llegó quince minutos tarde, tiempo durante el cual Raro se dedicó a especular sobre la apariencia que tendría su vecina de carpeta. “Seguro que me toca una fea”, se lamentaba anticipadamente, recordando que casi nunca, ni en el colegio, la academia, o la universidad había tenido mayor contacto con las muchachas populares ni sexis. Es más, cuando por algún azar las chicas bonitas ocupaban la carpeta del costado ocurría, invariablemente, que todas estaban ya enredadas con alguien, algún sujeto por lo general mayor y corpulento. No era extraño por eso que durante muchos años a Raro le gustase tanto cantar Me colé en una fiesta, de Mecano, en particular la parte del estribillo que decía: “hay mucha niña mona, pero ninguna sola”.
Cuando esa mañana vio a Sofía entrar en el salón y dirigirse, con paso entre apurado y tímido, a la butaca vacía de su derecha, Raro quedó perplejo. Perplejo y prendado. Sofía tenía unos ojos grandes que contrastaban con su boca pequeña. Sus pómulos mostraban una leve prominencia y entre ellos su nariz afilada estaba pegada como un delicado signo de admiración. Llevaba el pelo rubio recogido, el cutis despejado de maquillaje y una expresión incauta que inspiraba confianza. Tenía, además, un cuerpo firme, apetecible, presidido por unos pechos compactos que provocaba morder. La suya era una belleza acompañada de un misterio nada solemne. Era ese tipo de chica que, siendo hermosa, actuaba como si no lo supiera, como si nadie se lo hubiese advertido, como si en su casa no existieran los espejos.
Raro la vio sentarse e inmediatamente, sin medir las consecuencias, de modo inconsciente, le dedicó una sonrisa enorme, estúpida, entregada, como diciendo “te estuve esperando tanto tiempo”. Ella también sonrió, aunque más por los nervios de la tardanza que por algún extraño impacto que Raro pudiera haberle causado. Desde ese instante, persuadido por un presagio, él supo íntimamente que Sofía lo ayudaría a olvidarse de Lucía, su ex novia tramposa. No importaba en absoluto si ella no le correspondía: lo que él precisaba por esos días era simplemente alguien que lo rescatara, que lo despabilara: un rostro, una silueta, un nombre, una conversación, elementos nuevos y distintos con los cuales sugestionarse y fabricar una ilusión que lo anestesiara.
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Si Raro iba a las clases contento, no era porque hubiera descubierto nada especialmente extraordinario en el mundo de la aeronáutica civil; es más, sus expectativas laborales seguían siendo las mimas: quería capacitarse, volar, viajar, pasar mucho tiempo allá arriba en los aviones para pensar lo menos posible en el futuro de aquí abajo. Eso no había cambiado. Era la existencia de Sofía la que de pronto le imponía una motivación adicional, la que lo hacía acicalarse y perfumarse más que de costumbre todas las mañanas.
Raro no solo admiraba su belleza, sino el modo –parco y a la vez risueño– en que se conducía ante los demás. Le excitaba verla, escucharla, presentirla. A menudo, durante las clases, Raro se perdía en eróticas ensoñaciones en las que Sofía avanzaba semidesnuda hacia él en medio del salón, despojándose de la ropa interior.  Él la veía montarse en su bragueta, sentía que le palpaba el bulto erecto, que lo besaba atravesándole la garganta con la lengua filuda, que le abría el pantalón sin quitarle los ojos de encima, y que una vez penetrada, cabalgaba denodadamente sobre él, cogiéndole los extremos de la cabeza, revolviéndole el pelo, apretando las tetas contra su cara, respirando con espasmos, chillándole procacidades en el oído, sacudiéndose sobre su sexo hasta mojarse y conseguir un orgasmo brutal. En esas ocasiones, Raro se levantaba de su asiento para retirarse al baño, donde corría el pestillo de algún compartimento desocupado y se encerraba a descargar un chorro de semen. Lo hacía evocando a Sofía, que en ese instante atendía las clases, ignorando por completo que estaba siendo simultánea protagonista del jaleo masturbatorio de su compañero de carpeta. Durante los cuatro meses que demoró la capacitación, esas sigilosas fugas onanistas se repetirían en por lo menos tres ocasiones.  
A Sofía, Raro no le inspiraba ninguna emoción particular. Lo encontraba agradable, atento, detallista, pero no guapo. No le despertaba ese callado morbo que hace que las mujeres pierdan el control de sí mismas y se muestren dispuestas, alegres, abiertas a casi cualquier plan. Lo único que le generaba era dulzura.
A pesar del distinto interés de sus aproximaciones, todo caminó bien entre ellos durante las primeras cuatro semanas de capacitación. Raro se mostraba cordial, pero sin descubrirse del todo. Sabía que la manera más inteligente de relacionarse con una mujer hermosa como Sofía era marcando cierta distancia, protegiéndose. “Si te entregas demasiado, pierdes”, se repetía a sí mismo constantemente, a modo de letanía, cábala u oración. El propio Sebastián se lo había advertido alguna vez: “las mujeres están mal acostumbradas a tener perritos falderos que se desvivan por ellas, por eso hay que amonestarlas con un calculado grado de indiferencia”. Raro se adhería enfáticamente a ese pensamiento. Si algo había aprendido de su relación  con Lucía y, en general, de los amores infructuosos a que había dado rienda suelta a lo largo de su adolescencia, era que con las mujeres había que andarse con cuidado. Bajo su tesis, uno podía acercarse a ellas, pero avanzando con la cautela de un equilibrista, con la prudencia y desconfianza de alguien que sabe que está pisando un territorio minado. Para Raro, así como las mujeres veían a los hombres como criaturas elementales, predecibles, fácilmente domesticables, los hombres las veían a ellas como seres que entrañaban incontables misterios y que, pudiendo ser fantásticos aliados, muchas veces se constituían en feroces enemigos. En el fondo, lo sabía, se trataba de una jodida secuencia de cálculos, de toma y daca, de apretar y soltar. Es decir, una cadena de estrategias que, una vez puesta en marcha, era difícil de obviar. “Si te entregas demasiado, pierdes”.  
Una tarde, Carla, una de las chicas de la aerolínea, invitó a todos los de la clase a una fiesta en su casa de La Molina para celebrar sus 25. Era la más joven del grupo. Sería el viernes siguiente. “Va a ser un tonazo”, prometía.  
Raro dudó en ir. No era muy afecto a esa clase de eventos. En realidad detestaba un poco las fiestas masivas y discotecas, porque le parecía que estaban atestadas de gente reprimida que casi nunca actuaba según sus deseos, sino según las convenciones. Había vuelto a corroborar esa teoría menos de un mes atrás, cuando fue con Sebastián a una discoteca de San Isidro a insistencia de Paco Salas, uno de los poquísimos amigos que ambos tenían en San Borja. Esa noche se la pasaron apoyados en la barra, analizando a la multitud que se mantenía de pie al borde de la pista de baile.
––Mira a ese grupo de patas de ahí, los que están vestidos igualitos–arrancó Sebastián.
––Sí. ¿Qué pasa con ellos?
––¿Qué crees que están buscando?
––No tengo idea. Supongo que conversar con las chicas que están solas, ligar con ellas, pasarla bien.
––Exacto. Sin embargo, míralos. Son patéticos. Están ahí, inmóviles, mirando alrededor, encerrados en un círculo para sobrevivir en manada, brindando por cualquier cojudez, fingiendo disfrutar una noche que avanza sin resultados. Igual que las flacas de allá. ¿Las alcanzas a ver? Obsérvalas con atención. ¿Acaso crees que quieren estar solas?
––La verdad, parece.
––Ni cagando, pues. Bailan entre ellas para simular una diversión de la puta madre, pero estoy seguro de que quisieran conocer a alguien, bailar con alguien, interesarse en alguien o que alguien se interese por ellas. Todas vienen esperando que acontezca algo digno de ser comentado mañana en el almuerzo, pero ya ves: ninguna hace nada para que eso suceda.
––Cierto. Lo peor es que cada una está esperando que algún patín tome la iniciativa y se les acerque
––¿Y para qué? Para darse el gusto de chotearlo ante sus amigas. Ese es su increíble chongo. El tipo puede caerles bien, incluso puede gustarles, pero el grupo las presiona, las sustrae, las acompleja, las reduce. Los grupos son una buena mierda.
––Por eso lo mejor es salir de a dos.
––Ni siquiera, Raro. Lo mejor es salir de a uno.
***
La noche del viernes, todos se encontraron en casa de Carla. Ya no disfrazados con el uniforme de la aerolínea, sino vestidos con sus ropas, dejando ver sus gustos, sus estilos, su real olfato para combinar prendas y colores. Raro constataría después que muchos se veían mejor con uniforme.
Los numerosos invitados estaban dispersos, esparcidos entre el jardín, la terraza y la sala. Desde una cabina improvisada, un DJ –audífonos gigantes, cabeza rapada, polo rojo intencionalmente desteñido– disparaba tandas de rock, alternadas con pop y algo de merengue. Cerca de él, detrás de una barra, un par de mozos servían toda clase de tragos y refrescos. Un tercer mozo circulaba entre los asistentes con ansiedad por devorar los bocaditos que ofrecía en una bandeja y que la mayoría rechazaba.
Apenas llegó a la fiesta, y luego de dar una vuelta veloz para medir la temperatura de la reunión, se metió al baño. Ahí se sentía a salvo. Escuchó a lo lejos las ráfagas de cumbia, el bisbiseo multiplicado de la muchedumbre, las risas escabulléndose por debajo de la puerta. Por un momento pensó en volver sobre sus pasos e irse. Le daba lata tener que saludar, trabar conversaciones fatuas con gente que no conocía ni le interesaba conocer, correrse el riesgo de que alguna chica del trabajo lo forzara a bailar una salsa. Si estaba ahí era únicamente por Sofía. Por muy odiosas que encontrara las fiestas, Raro sabía que eran un excelente escenario de posibilidades. Y eso era precisamente lo que él buscaba: una posibilidad de algo, aunque no sabía bien de qué. Aún en el baño, mientras cerraba la llave del agua fría y se inspeccionaba el interior de las fosas nasales, Raro pensó que si soportaba con aplomo el devenir de la fiesta, si se ubicaba en la posición adecuada, si se acercaba a Sofía y empleaba las palabras correctas, la noche podía serle sumamente rentable.    
Las horas fueron pasando de modo vertiginoso, y Raro acabó interactuando más de lo que tenía previsto. Libró algunas charlas diplomáticas con gente que le fue presentada, chocó varios vasos de whisky con algunos instructores de la aerolínea y hasta se dejó llevar a la pista de baile por un par de chicas del trabajo, las menos agraciaditas, para bailar entre los tres la única canción de Pulp que pinchó el DJ.  Mientras bailaba, se sorprendía de su sociabilidad, aunque sospechaba que su repentino don de gente era más bien obra de su cinismo. También conversó con Sofía, pero bastante menos de lo que le hubiera gustado.
Cuando se percató de la hora, reparó en que eran las cuatro y media de la mañana. Su plan era pedir un taxi para él y luego decirle a Sofía para irse juntos. Ella no tendría por qué negarse: había llegado sin auto propio y su casa quedaba en la ruta de Raro (aunque esto último era solo parte del alegato: él pensaba acompañarla aunque viviese detrás de la loma más fronteriza de la ciudad).
De un momento a otro, la fiesta decayó y la gente, vencida por el cansancio, comenzó a abandonar la casa. Una vez que despidió a un último grupo de invitados, Carla, la anfitriona, les pidió a los sobrevivientes sentarse con ella en la alfombra de la sala, alrededor de una mesa chata de madera que funcionaba como centro. Además de Raro y Sofía, quedaban Gabriela y Miguel, otros dos chicos de la clase.
No terminaban de acomodarse cuando Carla propuso un juego que, al parecer, era habitual en sus reuniones: Verdad o Castigo, también llamado Verdad o Consecuencia. Raro nunca había oído hablar de él. Se trataba de un juego de preguntas: preguntas que se hacían todos contra todos y cuyo calibre iba en aumento a medida que pasaban las rondas. Cada persona interrogada tenía dos alternativas: contestar y decir la verdad abierta e impúdicamente, o abstenerse, pero aceptando, sin reclamos, la penalidad que alguno de los participantes le impusiera. Al final, había que rematar cada turno con un mancomunado seco y volteado del Etiqueta Negra que Carla acababa de destapar.
Explicado el procedimiento, el juego arrancó con preguntas suaves, poco embarazosas, casi infantiles. Todo discurría con normalidad hasta que Miguel lanzó la primera papa caliente. Una botella vacía echada sobre la mesa y puesta a girar sobre su eje había decidido que él interrogaría a Sofía.
––Ya, Sofía, me toca preguntarte–anunció Miguel, con la voz  deformada por el trago
––No te malees nomás–pidió ella. Sus palabras denotaban cierto relajo etílico, aunque aún estaba lejos de sobrepasar su límite de tolerancia alcohólica.
––¿Cuándo fue la última vez que hiciste un mamey? –soltó Miguel, con una mueca perversa. Tras un silencio brevísimo, hubo una risotada general. Raro se quedó a la expectativa.  
––¿La última vez que qué?–reaccionó Sofía, haciéndose la desentendida, encendiendo un cigarro para ganar tiempo.  
––No te hagas, pues. Bien que entendiste.
––Pregunta de nuevo, por fa
––A ver, a ver. Te lo voy a preguntar con toda educación, como si fueras una pasajera de primera clase–bromeó Miguel antes de proseguir histriónicamente. ¿Cuándo fue la última vez usted, señorita, sometió a su pareja –haya sido esta formal o eventual– a una prolongada sesión de masajes orales?
Las risas se incrementaron.
––¿Me entendiste ahora?, indagó Miguel con sarcasmo.
––Qué pendejo eres–rezongó Sofía, dando una lenta calada al cigarro recién prendido.
––Ya. ¿Verdad o castigo?–apuró Gabriela
Sofía se negó a responder.
––¡Castigo!, vociferó al cabo de unos segundos, divertida, dejando el pucho sobre el cenicero, sorbiendo su vaso de whisky hasta el final, mirando a todos como diciendo “quédense con las putas ganas de saber”. 
Gabriela se apuró en dictaminar la sanción.
––Ya, Sofía, entonces besa a Raro. Chapen, quiero decir.
Sofía y Raro se miraron.
–Pero ojo que tiene que ser un chape legal, con lengua, con baba, con todo, así, bien hardcore–exigió Carla
––Cualquiera diría que quieres que te chapen a ti, huevona–apuntó Gabriela
 ––Después, quizá. Es mi santo ¿no? Por lo menos me merezco un agarre–comentó Carla, con los ojos entornados de tanto whisky, mirando a Miguel con disimulo.
––Ya, bueno, pero es el turno de Sofía. Ella perdió.
––¿Cómo que perdió? Gracias por lo que me toca–se quejó amistosamente Raro.
Sofía no se lo pensó mucho y, como si estuviera habituada a esa clase de juegos, procedió a cumplir la tarea. Se acercó a Raro, lo cogió de la cara jalándolo hacia sí misma y lo besó. Por unos brevísimos instantes lo único que se escuchó en la sala, por encima de la música de fondo, fue el revoloteo de las lenguas, el torrente de saliva en ambas direcciones, el chasquido de esas dos bocas encaramadas como alacranes en celo.
Sofía salió del beso abruptamente, sin ternura, como si acabara de cumplir con un trámite bancario. Raro, en cambio, se quedó con los ojos cerrados y se demoró en regresar al juego. En realidad, no regresó más. Permaneció dándole vueltas a lo que acababa de ocurrir. El castigo de Sofía había resultado un premio para él, un premio que ya no se le permitía seguir disfrutando. De pronto, se sintió tonto e impotente. Sin anunciarlo, se puso de pie y se despidió. Ni siquiera le ofreció a Sofía compartir el taxi, como había pensado. Se fue nomás, sin excusarse ni dar mucho rollo. Una vez en la calle notó que su molestia continuaba. Pensó entonces en Boris, el vampiro, y se dio cuenta de que captaba su frustración, que podía colocarse en su lugar, que estaba más conectado de lo que imaginaba con su personaje.
Ese descubrimiento le subió el ánimo, lo apaciguó y lo acompañó a lo largo de las cuatro cuadras que lo separaban de la avenida más cercana. Apenas se ubicó en la esquina consultó su reloj, bostezando. Eran casi las seis.
RENATO CISNEROS

domingo, abril 27, 2014

02 TURBULENCIA


Raro vive con sus papás, su abuela Delia y con Fátima, su hermana de 8 años. Una de sus promesas personales es largarse de esa casa antes de cumplir los 30. En los últimos años la convivencia familiar se le ha hecho crítica, tediosa, insoportable. La única con quien congenia es Fátima, que no le exige resultados sobre su vida, ni le reprocha sus decisiones, ni le hace preguntas difíciles acerca del futuro. A los otros, en cambio, los percibe un tanto hipócritas: en público fingen ser tolerantes y comprensivos, pero en privado se regocijan haciéndolo sentir un hongo inservible. “Yo no te crié para que seas aeromoza”, le machaca frecuentemente el papá, que no le perdona a Raro haber abandonado las clases de Derecho en la universidad para irse a trabajar –sin consultarle– como sobrecargo en una aerolínea. “¿Que vas a ser qué? ¿Purser? ¡Qué chucha es eso!”, le increpó el día que Raro le contó, entusiasmado, que había sido aceptado en una aerolínea local, que atendería a los pasajeros en el mostrador del Jorge Chávez, y que hasta lo capacitarían durante unos meses para volar luego junto con la tripulación.
Don Arturo, el padre, anhelaba que Raro fuese abogado igual que él, y confiaba en que apenas egresara se incorporaría al mismo estudio donde él había hecho prácticamente toda su carrera, siempre a la sombra del listillo doctor Felipe Ganoza, el oscuro peso pesado del estudio, el socio mayoritario, a quien don Arturo le cuidaba permanentemente las espaldas. Raro –que desde chico había visto a su padre conformarse con ser el obvio chupamedias del corrupto Ganoza– jamás desarrolló la menor inclinación ni el menor afecto hacia el Derecho. Al revés, precisamente porque su propio padre no pasaba de ser un doctorcito de medio pelo, un esforzado lambiscón que cuidaba su sueldo y le rendía excesiva pleitesía al cretino de su jefe, le sobraban motivos para detestar la profesión.
Si ingresó a la facultad fue básicamente por las tenaces presiones caseras. Por eso y porque él mismo no ofrecía alternativas. Cuando su tutor de la academia –al verlo vacilar una mañana, pocos días antes del examen final– le preguntó a qué otra cosa le gustaría dedicarse verdaderamente, él no supo qué carajo contestar. Se quedó en blanco, mudo, con los ojos quietos, sin reacción. Fue por eso que entró a Derecho: porque no le quedaba escapatoria, porque no tenía claro hacia dónde fugar, porque pensó que podría acostumbrarse. No obstante, desde el primer día, desde la primera clase, se dio cuenta de que el ambiente abogadil le iba a resultar hostil, tóxico. Con el transcurso de los semestres confirmó esa impresión: la obtusa forma de pensar de la gran mayoría de alumnos, el dogma conservador y materialista que se impartía de contrabando en cada clase, sumado al extendido clima de frivolidad, angurria y competencia lo desalentaban por completo.
Soportó, estoico, casi tres años, tiempo al que siempre se refirió como tirado a la basura. No aprendió nada esencial, ni conoció a nadie que lo estimulase o que encendiera en él una mínima chispa de curiosidad por beber algo del espíritu supuestamente justiciero de la carrera. El último curso en que se matriculó fue sobre Derecho Civil. Ahí quemó cerebro, se rayó, entró en trompo. Le parecía que las leyes básicas carecían de sentido común; que los profesores enseñaban a los alumnos a ser unos grandes tramposos hijos de puta, a aprovecharse de la gente ignorante sin sentir la menor culpa. Le parecía, en fin, que el sistema legal era un chiquero y que ellos, los futuros abogados, tan mansos y poco críticos, se alistaban para despanzurrarse en el lodo. Puede que estuviera equivocado, que pecara de prejuicioso o romántico, pero una vez que empezó a cuestionar su entorno no retrocedió un ápice en aquella posición principista. Un buen día –después de oír a un profesor muy prestigioso afirmar que en el Perú todos los jueces tenían un precio– sintió que había llegado a su límite. Me están entrenando para ser un farsante, se dijo. Fue la última clase a la que asistió. Confiando en su intuición, tiró la toalla, se autoexcluyó, dejó de asistir.
Consideró trasladarse a otra facultad, pero no sabía en cuál podría encajar. Periodismo le parecía un hueveo; Marketing, peor, un recreo, un pasatiempo para mediocres con plata (corrección: para mediocres cuyas familias tenían plata); Psicología, igual, había que tragar demasiada teoría para acabar trabajando en un colegio de clase media, aplicando cojudas pruebitas psicotécnicas a adolescentes confundidos que, a esa edad, solo tenían a la paja como única vocación incuestionable. Raro no captaba hacía dónde ir. Lo único que captaba, lo único que sabía era que ser un aplicado estudiante de Derecho lo hacía tremendamente infeliz. Si había llegado tan lejos era únicamente porque no se atrevía a enfrentar a su papá, a contarle lo frustrante que resultaba escuchar a diario esas cuadriculadas lecciones sobre los códigos, la Constitución y el Estado. Estaba harto de confiscar su vida, de sacrificar su juventud para representar una artificiosa pantomima con la cual mantener contentos a sus padres y orgullosa a su abuela, porque también la abuela le reventaba las pelotas con el rollo de la universidad, y se llenaba la boca en las reuniones familiares, en los tés, los panderos, los lonches, refiriéndose a él como su nieto más inteligente. “Este chico va a ser el futuro presidente del Perú”, deliraba. Extraviada por completo en la noche sin fondo de un Alzheimer iniciático, con los chicotes medio sulfurados, la abuela lo sometía todas las semanas a extorsiones emocionales, inventándose enfermedades incurables y asegurándole que no se moriría tranquila si no lo veía graduarse, con toga y birrete, como bachiller en abogacía. “Dame esa alegría, Arturito”, le suplicaba, cambiándole el nombre por el de su papá.
Ante la falta de un plan B, Raro decidió buscar un trabajo. Si conseguía uno, tendría una carta con la que amainar el seguro ataque de cólera que la situación despertaría en su papá. “Dejé la universidad, pero tengo chamba: no vas a tener que mantenerme”, era la línea sustancial del largo alegato que pensaba pronunciar y que por esos días practicaba mientras caminaba por la calle, mirando el suelo.
Al padre, por supuesto, le reventó el hígado saber que su hijo cambiaría la universidad por un trabajo de ocho horas en el aeropuerto. “¿Purser? No me vengas con estupideces. ¡Qué mariconada es esa!”, le gritó, amenazándolo con largarlo de la casa si no le obedecía. Raro no le contestó, iniciando así una prolongada batalla hecha de mutuos y tirantes silencios.
Una tarde, a manera de tregua, los papás sentaron a Raro en la sala y, hablándole como si tuviera retraso mental, le soltaron una monserga congestionada de sensiblería: tu mamá y yo solo queremos lo mejor para ti––tienes que ser un hombre de provecho, razona, hijo––siendo abogado vas a tener todo un futuro por delante––termina, saca el cartón y luego haz lo que tú quieras––eres el mayor, piensa qué ejemplo vas a darle a tu hermana––si no lo quieres hacer por ti, entonces hazlo por nosotros––ya, escucha, tómate este semestre para pensarlo y regresas a estudiar al siguiente ciclo.
Raro escuchó atentamente sus proposiciones, pero no flaqueó. Apretó las muelas y, plantándose de frente, mirándolos como nunca antes los había mirado, con una mezcla de amor y falta de respeto, les pidió que por favor entendieran que le aburría profundamente la idea de ser abogado, que lo entristecía gastar sus energías en algo que no nacía directamente de sus deseos ni ambiciones, que había decidido trabajar un tiempo –no sabía cuánto– mientras descubría su vocación real. Lo dijo sin miedo, calmado, con el indoblegable aplomo que da el saber que se está haciendo lo correcto.
Sus palabras –o la pasividad con que fueron dichas– desorbitaron los ojos del papá y estriaron la frente de la madre. El tono del sermón, convenido y amistoso hasta ese instante, cambió trescientos sesenta grados. Esta vez, solo habló don Arturo: oye, pedazo de mojón, mientras vivas en esta casa, bajo este techo, vas a hacer lo que yo te diga––no me da la gana de que desaproveches lo que te damos––no seas malagradecido, carajo, que al final lo único que te va a queda es tu educación, tu título––¿no valoras los sacrificios que hacemos por ti?––¿crees acaso que la plata me sale del culo?––te conseguirás un cuarto si quieres irte de la universidad, porque te advierto que aquí no vas a vivir––muchacho de miércoles ahí.
Horas después de esa discusión, Techi, la mamá, lo fue a buscar a su dormitorio. Haciendo las veces de emisaria, le reiteró la necesidad de que se pensara bien las cosas. “No puedes dejar la carrera así como así. Míranos a nosotros, que nos sacamos la mugre para darles a ustedes todas las comodidades”, arguyó. Raro no la miraba, dejándose arrullar por sus pensamientos. Tenía ganas de decirle que precisamente porque los miraba a ella y al papá, precisamente porque notaba que los dos eran tan desapasionados, tan ordinarios, tan comunes y elementales, precisamente por eso era que había decidido alejarse de la Universidad. “Si hay algo que no quiero, es ser como ustedes”, dijo para sí.
Es cierto que no le llenaba de satisfacción trabajar en la aerolínea, pero por lo menos ganaba dinero y costeaba sus gastos. Además, le interesaba la posibilidad de volar. No es que le fascinara pilotear aviones, es más, en sus pesadillas más recurrentes solían producirse desastres aéreos, pero le gustaba el hecho, o tal vez la idea, de pasar tiempo suspendido en el aire, quizás porque así se sentía respecto de todo lo que le concernía: en el aire, en la nada, en la atmósfera ingrávida de una vida no resuelta. Visto bien, su nuevo trabajo era una inmejorable metáfora de su existencia: representaba el desapego, el desinterés que sentía respecto de lo terrenal, pero también era un símbolo de su falta de determinación y coraje. Ahora trabajaba, podía presumir de cierta independencia y libertad, pero por dentro sabía que no tenía los pies puestos en la tierra, que carecía de firmeza, que le faltaba encontrar una pista donde aterrizar. Se veía a sí mismo como un avión inestable, atrapado en una jodida turbulencia, a merced de una tormenta eléctrica que de un momento a otro podía partir en dos su endeble fuselaje.
Desde que Lucía terminó con él, su vida sentimental era una triste incógnita; su vida familiar, una tortura; y su futuro, una sombra impenetrable que poco a poco empezaba a angustiarle, a dejarle sin convicciones.
No quería dedicarse a trabajar en los aviones para siempre, ni siquiera se imaginaba en ese trajín por más de un par de años, pero no le quedaba otra opción mientras no lograra hallar en el fondo de sus conmiseraciones la tuerca, el hueso, la llave, la tecla, la razón que explicara el mecanismo de su espíritu y develara el por qué de su carácter. Raro quería diferenciarse de todo lo que le había tocado conocer, deseaba con toda su humanidad instaurar un territorio propio a partir de su voluntad, sus pasiones y sus sueños, pero no resultaba tan sencillo como sonaba. Por eso volar, pasar días y noches allá arriba, atendiendo a extraños, remontando capas de nubes, fingiendo cordialidad, encapsulado en el cielo, afilando su sentido de fragilidad y de no pertenencia a ningún territorio, era un modo coherente de evadir sus apuros mentales. Al menos por un tiempo.
***
––Odio vivir en San Borja, dijo Sebastián, después de pitar el cigarrillo que tenía colgando en la mano izquierda.
––Por qué, preguntó Raro, curioso, sospechando que se identificaría con lo que estaba a punto de escuchar.
––No sé. Me parece un distrito anodino, triste: todas las casas, además de feas, son idénticas, llenas de rejas y ladrillos, pintadas con los mismos colores. Si te das cuenta, esta es una parte de la ciudad que no tiene alma, ni tradiciones, ni nada de qué vanagloriarse. No hay cultura. No hay un solo vecino notable. No hay un puto monumento que te hable de algo que valga la pena. No hay acción.
––Por lo menos la gente hace deporte por todos lados…
––No me jodas, Raro. Esos pelotudos me deprimen. Salen disfrazados de sus casas a las cinco de la mañana, le dan treinta vueltas al mamarracho inútil del Pentagonito, pero después se van a un restaurante, tragan, engordan, chupan, se envenenan, y hasta se drogan. Esa gente corre solamente para no sentirse mal. Corren para no tener culpa. Corren con la misma falsa devoción con la que se confiesan en la Iglesia. Mejor dicho, el Pentagonito es el templo alrededor del cual cada uno cumple su penitencia. Y dan vueltas como autómatas hasta sentirse, no agotados, sino redimidos.
––No sabía que los tenías tan conceptualizados
––Eso para no hablar de los otros pelagatos, esos que hacen ejercicios en los gimnasios públicos al borde la avenida.
––Ja, ja. ¿Qué? ¿También te caen mal?
––No, no me caen mal. Los compadezco. Son unos exhibicionistas disfuncionales que necesitan la atención de los demás. ¿No has visto la cara disforzada que ponen mientras hacen barras y abdominales? ¿Y por qué se ponen esa ropa apretada? ¿Qué puedes esperar de gente así? ¡Nada!
––Eres un amargado…
––Si no fuera porque el alquiler de mi departamento es barato, me iría a Miraflores, a Barranco, o a Jesús María, que tiene más vida, más misterio, más pasado, huevón. Me deprime esta zona. Vivir aquí afecta la creatividad. Al menos yo, tengo que escribir de madrugada, porque de día me vuelvo loco con el ruido de las construcciones, del tráfico y con el rumor de las respiraciones de toda esa gente que corre como posesa. Esa histeria colectiva destruye mis neuronas. Los guiones que entrego a la productora cada vez me salen más flojos.
––¿De qué estás escribiendo ahora?
––¿En serio quieres que te cuente?
––Claro, por qué no, dale
––Escribo de un cabrito sanborjino que trabaja en una aerolínea y que no se atreve a escribir historias, no se atreve a entregarse a lo suyo, porque se caga de miedo de ser un muerto de hambre, y no se da cuenta de que así está más muerto todavía. ¿Te suena conocida la trama?
––Me estás jodiendo ¿no?
––No, pelotas, me has inspirado. O mejor dicho, me he inspirado en tu vida insignificante.
––Gracias por lo que me toca
––De nada. ¿Quieres que siga? Hay más.
––No, déjalo ahí. Paso
––A propósito, sigo esperando que me mandes por correo eso que dijiste que ibas a escribir. ¿Lo terminaste o no?
––No he podido: estuve metido en el aeropuerto toda la semana. Hubo un culo de problemas con los vuelos, retrasos por mal tiempo, desperfectos con los aviones, una mierda.
––Ya, cuñadito, sigue poniéndote excusas
––No son excusas, Sebastián. Quiero terminar ese cuento, pero la chamba es agobiante…
––Renuncia, pues. Si tanto te jode, quítate.
––¿Así? ¿Y con qué me mantengo, ah? ¿Acaso tú me vas a pagar la comida, la ropa, los pasajes? Bien sabes que mis viejos me cerraron el caño hace meses.
––Bueno, nadie dice que la huevada es fácil, ni barata, ni rápida. El tema es que tienes que hacer lo tuyo, huevas, pero no te mandas pues. Reconócelo: te faltan agallas. Tú quieres que yo te ayude a escribir historias, a hacer películas, pero no cumples tu parte. Te da pánico. Por lo menos si lo admitieras, me enorgullecería.
––Es que en mi jato no puedo chambear. Pero una vez que me mude todo va a ser diferente…
––Sí, claro, muy diferente va a ser: te vas a volver loco con la cuentas, te vas a encadenar al trabajo para ganar más plata. No vas a escribir nada, te apuesto
––Te apuesto a que no
––Ya te quiero ver ya.
––Odio cuando hablas igual que mi viejo.
––No jodas, Raro. Sabes a lo que me refiero.
––Pásame un pucho, mejor. No quiero pensar en eso ahora.
––Ni ahora ni nunca, viejo. Eso es lo que pasa. No te gusta pensar. Pensar te hace daño ¿no?
––Pásame el pucho. Deja de jorobarme cinco minutos ¿sí?
Sebastián le lanzó la cajetilla y se levantó de la silla, bostezando. Estaban en la terraza de su departamento. Era sábado, mediodía.
––¿A dónde vas?
––Voy a la cocina por una chela. ¿Quieres una?
––La más helada que tengas por favor.
RENATO CISNEROS

viernes, mayo 04, 2012

01 EL FRIÓ LLEGA DESDE TODAS PARTES

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[Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio]
J. M. Serrat.
Es jueves por la noche y Raro sale de su casa dispuesto a embriagarse. Se detiene a esperar un taxi en la esquina de su cuadra, en el cruce de San Borja Norte con San Luis, pudriéndose de frío. Minutos antes había pensado ponerse una casaca sobre la camisa manga larga, pero le dio flojera la idea de tener que quitársela dentro del bar y llevarla cargada como un molestoso bulto. Un taxi verde se detiene ante su brazo extendido. Raro negocia el precio con el chofer –diez soles hasta Barranco– y unos segundos después aborda el auto por el lado del copiloto.
La música que sale de los parlantes es horrenda: una cumbia lastimera que automáticamente le recuerda a Lucía, su novia, mejor dicho su ex novia, la que hace poquito le puso los cuernos. Técnicamente, se los puso hace dos meses, solo que él acaba de enterarse un par de días atrás. Lleva la herida fresca, inflamada, oculta pero en carne viva. 
Lucía, evoca Raro, adoraba bailar esa canción. Seguía los pasos  de la coreografía como si los hubiera inventado y paporreteaba la letra sin equivocarse. Él, en cambio, detestaba la cumbia y cualquiera de sus derivados. Le parecía un género adefesiero, huachafo, indeseable, pero hacía el esfuerzo de bailarlo por complacerla. Mover el cuerpo sin compás, bajo la dictadura de ese ritmo insípido que no daba tregua, representaba para él, no solo una tortura física, sino una concesión estética. Si lo toleraba, era únicamente por ella. Bailar cumbia era su manera de decirle te quiero. 
Pero eso era antes, cuando todo funcionaba, o por lo menos parecía que funcionaba. Ahora ya no bailaban, no cantaban, no interactuaban, no nada. Apenas confirmó la sospecha de que Lucía le era infiel, apenas recabó la primera evidencia, Raro borró sus coordenadas del mapa y la desalojó de su vida. Expectorada del Facebook, anulada del MSN, eliminada de la lista de contactos del celular, despedazadas sus fotos, rematados sus regalos, desaparecidas sus huellas, Lucía pasó a convertirse en un fantasma. Bastaron 48 horas para que Raro la condenara al incierto purgatorio de los muertos vivientes. Creyó que sería fácil acostumbrarse a odiarla, pero se equivocó. Lucía era un fantasma inquieto y él debía aprender a mantenerla a raya, fuera de su espacio vital, lejos de su territorio. No era además cualquier fantasma: aún penaba, aún tenía el poder de infundirle cierto pánico y en determinadas circunstancias lo asustaba feo: cuando la música tropical se colaba en sus oídos, por ejemplo.
Lucía intentó comunicarse con él por todos los medios para explicarle los motivos de su desliz. Raro no le contestó las llamadas. Después de estar un año juntos creo que al menos nos merecemos una conversación, le había escrito Lucía en su último mail. Él sintió que se trataba de un inaceptable chantaje sentimental, así que deleteó el correo para no sentirse tentado de releerlo ni de reconsiderar la petición. No quería verla ni oírla. Además, acceder a hablarle era darle la oportunidad de sentirse aliviada ante sí misma, tranquila con su conciencia culposa de chica educada en colegio de monjas. A Raro no le parecía justo. Si podía privarla de esa calma, lo haría sin miramientos.
Precisamente con ese imbécil tuvo que sacarme la vuelta, sentencia Raro desde el desfondado asiento del copiloto, trayendo a su mente el rostro barbudo y anguloso del sujeto, imaginándoselo en un hostal con Lucía, satisfaciéndola sobre la cama con más destreza que él. Raro repasa la escena con un oscuro deleite, como refocilándose en su rabia, dándole inacabables vueltas a los detalles más sucios, con una mezcla morbosa de asco y gusto, como quien se hace voluntariamente un tajo en el brazo con una navaja oxidada.
Justo con ese imbécil, vuelve a condolerse, mientras el taxi riza una curva que conecta una avenida con la Vía Expresa. Lo que Raro no acepta –quizá porque no lo sabe– es que Nicolás (así se llama el chico con quien Lucía lo engañó) es un pata digamos bacán, sin malicia, que se vio envuelto en una circunstancia enojosa que no propició, un triángulo que, más bien, trató de evitar hasta el final. Pero, claro, esas consideraciones humanistas quedan normalmente en quinto o sexto plano. El tipejo que se lleva a tu chica es siempre un imbécil.No interesa si es noble, si es –como dicen las viejas pías– un pan de dios, o si es incluso mejor persona que tú, más humilde, generoso o solidario. Nada de eso importa. Si se mete con tu chica, si tiran a tus espaldas y lo disfrutan, entonces es un imbécil. Y ella, una zorra. Punto.
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Raro le pide al chofer del taxi cambiar de estación y encuentra algo de pop en español. Una pasable canción de Miranda sobre las disquisiciones de un profesor incestuoso que quiere encaramarse sobre sus jóvenes alumnas de piel intocada, desnudarlas y dispensarles el mismo trato que a un pollo a la brasa: o sea, darles vuelta. Mientras canta en voz baja, Raro se sorprende de saberse el coro de corrido.
 –¿Qué hacemos con este clima, joven?, comenta el taxista, mirándolo de reojo, como buscando una charla amistosa que los desentumezca a ambos de la corriente de frío helado que trepa por sus pies como una sanguijuela invisible. 
–Sí pues, ¿no?, reacciona Raro, cortante, con el tono lo suficientemente plano y vago como para que al señor conductor le quede claro que esta noche no tiene las menores ganas de forzar ninguna conversación cortés.
–Y dicen que se va a poner peor, insiste el buen hombre
Esta vez Raro no le devuelve ni una onomatopeya. Por un segundo, maldice al taxista por impertinente. Este viejo huevón debería saber cuándo los pasajeros quieren hablar y cuándo no, reniega callado. Siente que está demasiado turbado con sus temas, que tiene asuntos más importantes que resolver antes que ponerse a interpretar las evoluciones del cojudo clima que castiga a la ciudad.
Ahora baja la luna y siente el viento despeinándolo. Una indolora cachetada de aire a propulsión. Se detiene en el espejo retrovisor lateral para corregirse el cerquillo y aprovecha para escudriñar su aspecto. Se encuentra ligeramente atractivo, liberado de las desagradables huellas que la depresión acostumbra dejar en el rostro de los débiles. Aunque está convencido de que no tiene cara de cornudo, Raro revisa rápidamente las entradas de su cuero cabelludo, pasando las yemas de los dedos por las esquinas superiores de la frente, para asegurarse de que los cachos que Lucía le ha puesto no se han materializado en un par de cuernos de vaquilla. Su boba exploración capilar le causa una risa ahogada. Según Raro, hay hombres que no pueden disimular que su mujer les ha puesto los cachos y van por la vida arrastrando una monumental e indeleble expresión facial de cornudos de campeonato: un pliegue en la orilla de los ojos, una arruga en la frente, un declive en los labios, una triangulación gestual que los delata, que los pone en jodida evidencia ante los demás. Raro se alegra de no ser uno de esos peleles. Además, cavila, no importa ser cachudo, todos lo son, lo importante es que no se note. 
Faltan menos de diez cuadras para llegar a ESE, un bar ubicado bajo el Puente de los Suspiros que fue inaugurado hace unas semanas y del que se ha vuelto repentino habitué. Es la tercera vez que va. Le gusta porque es un lugar nuevo, suyo, que no está ensuciado con ningún recuerdo de Lucía. Un lugar en el que su memoria colgada puede resetearse. Además, hay un DJ muy capo que jamás programa cumbias y un barman generoso que le rellena los vodkas con más onzas de las debidas. En las actuales circunstancias, ellos son sus dos flamantes mejores amigos, acaso los únicos que pueden ayudarlo a olvidarse del pedazo de mierda revuelta que le envenena el cerebro cuando está sobrio, demasiado pensativo y accidentalmente pendiente del ruido mortal de la realidad. 
¿Por qué me sacó la vuelta esta conchasumadre?, le consulta Raro al universo sin límites de su silencio. La pregunta teñida de reclamo llega justo cuando el semáforo cambia de rojo a verde y las filas de autos reinician su marcha. Faltan solo dos cuadras para el bar: el tiempo no alcanza para elaborar una respuesta coherente, satisfactoria, que le dé sustento a su versión oficial de la crisis que atraviesa.
Mejor así, mejor que Raro ahora se distraiga, que se rocíe de vodka por dentro, se prenda fuego, incendie su despecho y no medite demasiado. Si se detiene a evaluar las cosas, a analizarlas, a intentar comprenderlas, se daría cuenta de que algo de él –de su modo de ser, de actuar, o de quedarse quieto– propició la infidelidad que ahora le hace añicos los nervios. Sin duda, Lucía le mintió, lo traicionó, se burló de él. Eso nomás la convierte sin duda en una cabrona imperdonable. Sin embargo, algo también ha tenido que ver Raro en la cocción del desaguisado. Las relaciones –él lo sabe– no son una partida de policías y ladrones. No hay buenos ni malos, víctimas ni victimarios, justos ni pecadores, inocentes ni culpables. En el fondo, Raro intuye que son suyas las balas del revólver que Lucía descargó contra él. Él colocó las municiones en el tambor y dejó el arma al alcance de su chica, sin seguro, lista para ser accionada. Fue casi como si le dijera anda, toma, mátame de una vez por todas. Y Lucía –sonámbula pero despierta al mismo tiempo– obedeció y apretó el gatillo. Le disparó a quemarropa. Nadie esperaba, eso sí, que la condenada tuviera la salvaje puntería de un lanzador de cuchillos.
Raro cruza la puerta de ESE y con un vistazo recorre el escenario. No tiene planes de encontrarse con nadie, pero ciertamente espera cruzarse con algún conocido o desconocido que valga la pena. La idea de chupar solo en la barra por más de cuarenta minutos se le antoja crítica, latosa, aunque calcula que más insoportable sería compartir la noche con algún desubicado de esos que sobran en los bares de Lima, que en el momento más inoportuno te enchufan una conversación indeseable y no paran de hablar de sí mismos.
Ha pasado poco más de una hora desde su arribo. Raro está apoyado en la barra, solo, secando un vaso de vodka mezclado con dos dedos de Sprite. Desde su posición divisa a una chica que, desde un tumultuoso grupo de gente, lo mira con disimulado interés. Tendrá unos 24, adivina, tres menos que él. Hace unos instantes la vio dirigirse al baño. Le pareció que más que caminar, se deslizaba. No es muy bonita, piensa Raro. No importa, yo tampoco lo soy, reconoce de inmediato. Luego la escanea: lleva la cabeza erguida, la piel bronceada y, aunque carece de las tetas prominentes que a él le gustan, las curvas marcadas por su falda hippie dejan presagiar un culo bien formado. Parece bailarina, profesora de yoga, gimnasta, algo así.
Raro estudia el comportamiento de la muchacha durante algunos minutos y saca unas cuantas conjeturas arbitrarias. Por su modo de vestir, por sus ademanes, por el tipo de personas de que está rodeada, por las canciones que tararea, opina que es una chica sin muchos pruritos, algo relajada, quizá progre, sin grandes poses ni paltas: el tipo de chica que no rinde cuentas de su hora de regreso, que tal vez vive con una tía o con uno de sus padres, que se paga lo suyo y que –si la haces reír y entretienes con inteligencia– podría incluso hasta acostarse contigo sin que eso sea un big dealEsa última idea lo entusiasma, porque es precisamente lo que busca esta noche: carne sin ilusión, sexo sin amor, sudor, una eyaculación vigorosa y una habitación limpia donde pueda dormir hasta que la madrugada despunte. Un revolcón sin compromiso para vengar su ego triturado. Una compañía cómplice para frenar el rampante fastidio de su negada tristeza.
Ahora solo falta averiguar si a esa adorable criatura extraña se le antoja compartir un poquito de trago y mucho de colchón.  
A lo largo de la siguiente media hora, Raro no le quita los ojos de encima. La observa con torpe sensualidad, con concha, buscando que se dé cuenta de sus intenciones, esperando que las intuya con ese puto, famosito sexto sentido del que tanto se jactan las mujeres. La muchacha disminuye la frecuencia de sus reojazos, y Raro interpreta eso como un buen indicio. Luego la ve recogerse el pelo con una vincha. Se está engriendo la pendeja, concluye, sonriendo hacia dentro, calentándose con la situación. Siente –sin mucho fundamento– que se ha establecido el contacto, que han hecho un click telepático, que ha llegado el momento de hablarle. De pronto, nota que está repentinamente erecto e introduce la mano derecha al bolsillo para acomodarse el bulto.     
Cuando ella se acerca a la barra a pedir una cerveza, Raro camina unos pasos, se coloca estratégicamente a su lado y –con un arrojo impávido, inesperado en alguien que tiene la autoestima hecha moco– le pregunta directamente su nombre. Mientras lo hace, amaga con la boca una especie de falsa sonrisa de ídolo taurino: una monga treta para seducirla o, al menos, caerle bien. Solo desea tirar con ella, pero capta que la simpatía es un atajo conveniente en ese instante. De cerca la encuentra algo atractiva. Ella voltea y lo mira sin calidez, como si mirara a una planta desvalida que necesita agua. Ni siquiera lo inspecciona. Silvia, dice, sin más ni más, con la indiferencia con que se le responde a un encuestador que te toca la puerta para preguntarte por tus programas de televisión favoritos. Luego coge la botella de cerveza y se marcha a su mesa. Chau, chau, remata. 
Raro se siente despreciado, estúpido, ignorado, atravesado de arriba a abajo por un odio que no sabe dónde poner. Su única reacción es pagar el vodka sin siquiera habérselo terminado y apurar el paso hacia la puerta. El frío arrecia en la esquina. La noche es un iglú negro. Y mientras camina calle arriba, Raro extraña con auténtica nostalgia su casaca olvidada.
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RENATO CISNEROS