La de Ayahuasca no fue la única vez que salieron los tres. Amanda. Gabriel. Renato. Después de unos días repitieron el plan por lo menos cuatro veces. Eso sí, ya no más en grupo. Solo los tres, como hacían algunas tardes de hace quince años, cuando después del colegio se iban a comer sándwiches a la calle Salguero.
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miércoles, abril 02, 2014
17 LÁSTIMA QUE TERMINÓ
La de Ayahuasca no fue la única vez que salieron los tres. Amanda. Gabriel. Renato. Después de unos días repitieron el plan por lo menos cuatro veces. Eso sí, ya no más en grupo. Solo los tres, como hacían algunas tardes de hace quince años, cuando después del colegio se iban a comer sándwiches a la calle Salguero.
Ahora también salían a comer, pero sobre todo a tomar
y a conversar. La pasaban bien hablando, reconstruyendo momentos antológicos
del pasado, debatiendo temas del presente, chismeando, comentando sus cosas.
Había entre los tres una onda particular, un carisma, un algo indefinible que
los hacía sentirse extrañamente cómodos, sintonizados.
Siempre que podía, Renato evitaba salir con parejas.
Odiaba hacer las veces de “violinista” o alcahuete. En las pocas ocasiones en
que había accedido a hacerlo solían ocurrir dos cosas casi por regla natural: o
la pareja limitaba sus gestos afectuosos por su presencia, como para no
incomodarlo; o buscaban endosarle alguna cita–sorpresa, lo cual normalmente
acababa mal. A pesar de esos antecedentes, con Amanda y Gabriel las cosas
funcionaban, fluían, adoptaban sentido. Eran amigos después de todo. Amigos de
hacía años. Eso lo libraba de sentirse un intruso, un metete, un desubicado.
Amanda
y Gabriel se reían mucho con él. En general, les gustaba contar con su
compañía, con sus comentarios a veces reflexivos, a veces agudos, casi siempre
disparatados. A Renato se le ocurría que él era algo así como el hijo adulto de
los dos. Un hijo de la misma edad que sus padres. Un hijo que se había graduado
el mismo día que ellos. Le divertía verlo de esa manera.
––Yo soy el hijo inteligente que ustedes nunca van a
tener, así que aprovéchenme antes de que me independice y los abandone–repetía
Renato
––Puta, me sale un hijo como tú y me meto bala–rezongaba Gabriel.
Otras veces, mientras ellos se daban un beso, Renato
experimentaba una envidia razonable. No era una envidia sana, expresión que por otro lado encontraba de lo más
idiota, puesto que la envidia es una sola: no hay una sana y otra enferma. La
salud y la enfermedad conviven en la envidia. Y él, para qué negarlo,
experimentaba un poco de eso cuando Amanda se acercaba a Gabriel a buscarle la
boca. En esos segundos, Renato se sentía algo estúpido y alojaba la mirada en
algún punto fijo (las botellas colgadas de cabeza sobre la barra del bar, un
tubo de luz fluorescente, el rostro contracturado de algún parroquiano). En seguida
lamentaba no tener una chica al costado. Una chica suya, real, no una de
utilería, sacada de la manga.
En
ciertas ocasiones, cuando ellos prolongaban sus muestras de cariño frente a él
(porque ese era el pacto: no aguantarse ni reprimirse), hasta pasaba por su
mente la idea de conformar un trío sexual. Jamás lo comentó con Amanda ni con
Gabriel, pero alucinaba con esa posibilidad. Además nunca había hecho un trío
(en rigor, nunca siquiera lo había deseado). Claro, quizá hubiese preferido que
el trío estuviera compuesto por él y por dos chicas monumentales, pero dada la
coyuntura no le parecía tan indeseable hacer uno con ellos dos. Durante esos
fugaces instantes, se imaginaba en una cama enorme con los dos. O mejor dicho,
se imaginaba penetrando el delicioso cuerpo de Amanda, mientras Gabriel, de
lejitos, la tocaba, pellizcándole los pezones o algo así.
Cuando lo pensaba mucho, cuando se daba cuenta, cuando entendía la
circunstancia, le parecía rarísimo estar ahí junto con ellos dos. Le parecía
extraño haber renovado la relación después de tanto tiempo. Tratarlos ahora
implicaba de algún modo reemplazar la antigua imagen que de los dos existía en
su cabeza. Eso era lo único malo de los reencuentros –pensaba Renato cuando
acumulaba dudas–: actualizas el concepto de las personas, corriéndote el riesgo
de que la última versión sea menos agradable que la anterior. Le había ocurrido
ya varias veces, precisamente con gente del colegio en algunos de esos extensos
almuerzos de ex alumnos. Encontrar de adultos a muchos de sus viejos
compañeritos, notar que se habían convertido en personas de vida ordinaria y
predecible, y constatar en silencio que ya no guardaba nada en común con ellos
salvo el hecho de haber estudiado en los mismos salones, había sido profundamente
decepcionante. Hay gente a la que uno no debería volver a ver, pensaba.
No
ocurría lo mismo con ellos dos, felizmente. La Amanda y el Gabriel del presente
le resultaban mucho más interesantes que la Amanda y el Gabriel de la
prehistoria colegial, que después de todo eran personajillos timoratos,
inmaduros, sin cuajar. Ahora él sentía auténtica admiración por Gabriel, porque
se había impuesto a las adversidades y había conquistado finalmente a la mujer
que siempre quiso. Y también multiplicó su aprecio por Amanda, porque dejó de
lado los convencionalismos y emergió de un matrimonio pálido para reencontrarse
con el único hombre que en verdad estaba dispuesto a darlo todo por ella. O por
lo menos así lo veía él.
Para
Renato, que llevaba una vida sentimental incompleta, frustrada, trastabillante,
alicaída, ver juntos a Amanda y a Gabriel era como una inspiración, una
estimulación, una prueba viva de que sí podían darse las revanchas más
inimaginables. Les tenía respeto por haberse atrevido a estar juntos.
Lo
que él no sabía, lo que terminó de impactarlo, era el torrente de miedos y
mentiras que se escondía debajo de esa caricatura de pareja. Pero de eso se
daría cuenta más adelante.
(…)
Gabriel
no sabía qué hacer, cómo actuar ni proceder. Se sentía mal, incierto,
descomputado. Si María Pía estaba embarazada como afirmaba, entonces su vida se
iría directamente al diablo. ¿Cómo podría contárselo a Amanda sin herirla? No
había forma de decírselo sin hacerle un profundo tajo en el pecho.
Llamó
a María Pía al día siguiente de oír el mensaje, después de esa larga noche de
arcadas y vómitos. La llamó, le dijo que cómo era posible que estuviera en
bola, y le recriminó no haberse cuidado con las pastillas. Ella le juró que sí
lo había hecho y se cerró argumentando que tal vez los anticonceptivos no
habían surtido efecto esta vez. “Las pastillas no son infalibles, Gabriel,
también pudiste cuidarte tú”, le gritó. Hablaron de la píldora del día
siguiente, pero había pasado demasiado tiempo como para usarla. Él se desesperó.
Le dijo que si estaba embarazada de un hijo que ninguno de los dos quería,
tendría que abortar. Ella se puso a llorar y le dijo que estaba loco, que ni
cagando mataría al niño, que dónde estaban sus valores. No me jodas con eso de
los valores, le increpó Gabriel. “Lo voy a tener yo sola, hijo de puta”, le
dijo María Pía antes de colgarle.
A pesar de su vehemencia, Gabriel no habría podido
consentir realmente la posibilidad de un aborto. No hablaba en serio cuando lo
dijo. No era tan desalmado, ni inescrupuloso. Sabía que apenas un médico le
certificara la paternidad, le resultaría imposible acabar con la criatura.
Eso era lo que más lo desesperaba. Si María Pía realmente esperaba un hijo
suyo, él tendría que asumir las consecuencias. Y una de las consecuencias
sería, sin duda, olvidarse de Amanda.
Fueron días y noches de tensión absoluta. Mirase a
donde mirase, todo lo que Gabriel veía eran señales de su inminente paternidad.
Los nombres de las calles, las noticias de los diarios, las canciones en la
radio. Todo le parecía un gran mensaje controlado por alguien que quería
perturbarlo. Una tarde pasó por una tienda de electrodomésticos y en las
decenas de pantallas de los televisores apiñados en la ventana aparecía,
multiplicada, la publicidad de unos pañales. Se quedó mirándola, como hechizado
por la imagen de un bebé pataleando. Casi al final del comercial, se escuchó al
fondo la voz de un locutor en off lanzando una pregunta: “¿Qué? ¿No estás
preparado para ser papá?” Gabriel dio un paso para atrás. Miró a los lados,
creyendo de pronto que se trataba de una cámara escondida. Cuando se dio
cuenta, enterró la cabeza y siguió caminando, intentando disimular el susto.
Fue demasiado.
De no haber sido por el mail que Rocío le mandó unos
pocos días después, Gabriel jamás se hubiera enterado de que el embarazo de
María Pía era ficticio, una vulgar estratagema para retenerlo o, por lo menos,
para darle un escarmiento. En su correo, Rocío le decía que estaba preocupada
por María Pía. “Está mal de la cabeza. Inventó lo del embarazo para que no te
alejaras”, le confesó.
No fue un mail precisamente amable. Fuera del delicado
asunto del embarazo de mentira, Rocío no se anduvo con consideraciones. Le
reprochó su actitud pendeja, egoísta, tachándolo de inmaduro y propinándole los
más insultantes adjetivos que sabía. Imbécil fue el más suave.
Luego de eso Gabriel no quiso volver a ver a María Pía
nunca más. La borró. No contestó sus llamadas ni respondió sus extensos mails
(ni siquiera los leía, los deleteaba apenas aparecían en su bandeja de entrada). Una vez
ella fue a buscarlo a la agencia, pero él se hizo negar con el recepcionista.
Ella inventó que tenía una cita pactada “con el señor Lombardi” y trató de
entrar por sus propios medios, siendo necesario que la controlasen dos agentes
de seguridad.
Por suerte, nunca tocó la puerta de su departamento
(aunque según el vigilante del edificio había noches en que una señorita “bien
simpatiquita” se estacionaba al frente en un Swift azul,
se quedaba ahí como treinta minutos y al rato se iba).
Un
par de veces encontró la puerta de su carro rayada. Eran marcas de uñas o de
llaves. Otras veces encontró intimidantes mensajes en su teléfono. Voces que
soplaban, que jadeaban. Gabriel sospechó de María Pía en ambas situaciones,
pero no tomó represalias.
Al
cabo de unos meses supo que ella se había ido a Nueva York a estudiar algo
relacionado con el diseño de modas. Lo comprobó mucho después a través del
Facebook, viendo sus fotos en diversos desfiles, todas etiquetadas en un álbum
que llevaba el sugerente título de “Vida nueva en NYC”. Aparecía con el pelo
cortito, pintado de negro, con unos aparatosos lentes rectangulares, y un poco
cachetona, subida de peso. Era otra mujer. No era más la rubia sexy que Martín
le presentó la tarde del matrimonio de Juan Pablo, la chica guapísima con la
que había tenido una relación tormentosa, dañina, restringida puramente a lo
sexual, condenada desde el inicio a terminar de ese modo tan abrupto y extraño.
Su
relación con Amanda, en cambio, recuperó el vigor de sus mejores momentos y
tomó un segundo aire. Llevaban tres meses juntos y todo anunciaba que seguirían
así por mucho más.
Fue
una buena época también para ella. Jaime dejó de insistirle con regresar a
vivir al departamento de San Isidro, aunque en más de una ocasión le hizo saber
que la necesitaba, que la quería, que soñaba con recuperar el terreno perdido,
con volver a ser la familia que eran junto a Emilio. Amanda soñaba lo mismo,
solo que con Gabriel en el protagónico papel de Jaime. Si su vida matrimonial
era comparable a una serie de televisión, entonces la segunda temporada urgía
de un cambio de galán.
Sin
embargo, por bien que estuvieran yendo las cosas, aún era muy pronto para creer
que la felicidad era posible.
Aunque
María Pía dejó de merodear su entorno; aunque Amanda dejó de lloriquear y
volvió a ser la mujer segura y hermosa de siempre; y aunque en la agencia lo
trataban cada día mejor, a Gabriel no le faltaban angustias.
Le
angustiaba, sobre todo, la lenta y progresiva manifestación de su promiscuidad.
No
sabía en qué momento la había adquirido. No sabía si era producto de su
voluntad o de su genética. El hecho es que, por mucho que la reprimiera o la
silenciara, no hacía más que pensar en liarse con diferentes mujeres. En tener
algo con ellas. Desde Fátima, la productora de la agencia, hasta Lorena, la
novia de Ernesto, su jefe, pasando por Ayleen, la chica del cuarto piso de su
edificio, y por Mayra, la hija de la señora del primero.
Amaba
a Amanda, la amaba en serio, pero su naturaleza infractora traicionaba sus más
puras intenciones. Mentalmente, hacía acopio de fuerzas para vencer sus
debilidades, pero le costaba. Le faltaba carácter. Le faltaba generosidad. Le
faltaba entrega. Su cabeza intentaba darle órdenes, todas edificantes y
positivas, pero existía una innombrable fuerza que nacía de su entrepierna y
que lo hacía retroceder. Digamos que en su corazón bullían nobles propósitos,
pero su falo –siempre erecto, inquieto, a la caza de alguna vagina que lo
albergara– imponía muchas veces sus carnales condiciones.
Quizás
siempre fue así, solo que no lo sabía. O quizás se convirtió en un animal
destemplado y frívolo luego de que Natalia rompiera con él en Buenos Aires, o
luego de que Amanda –casada, con un hijo– lo comenzara a querer, o luego de
haber probado esa fruta maldita que fue el oscuro romance con María Pía. Si
María Pía no se hubiese vuelto todo lo loca que se volvió, quizá seguiría
acostándose con ella, pensaba a menudo Gabriel.
Las
tres mujeres –es decir, la combustión de sentimientos que ellas generaron en su
interior– lo habían transformado en algo muy diferente de lo que él había
pensado para sí mismo de adolescente. No era, ya no podía ser, el hombre fiel,
bueno, querendón, romántico que le hubiese gustado. Ahora era una versión
imperfecta y sórdida de aquel modelo. Un pequeño monstruo. Eso, sin embargo, no
lo enojaba. A veces le entristecía sospechar que jamás podría amar a una sola
mujer, pero no hacía absolutamente nada por remontar esa sospecha.
Ciertamente,
no le echaba la culpa a nadie. Si Natalia lo dejó, si Amanda resucitó, si María
Pía lo depositó en una cárcel sexual fue, en buena cuenta, porque él lo
permitió, porque hizo algo para que así sucediera, porque facilitó las cosas.
Pese
a todo, con Amanda hizo su mejor esfuerzo. En el fondo le parecía un milagro
que ella hubiera reaparecido, así que decidió no volver a sacarle la vuelta. Es
más, la llegó a querer y a desear tanto que pensó que se había curado del
instinto adúltero que lo corroía.
(...)
Una
tarde, después de almorzar en casa de Amanda, ella le propuso vivir juntos. No
inmediatamente, sino en un lapso corto, a mediano plazo.
Gabriel, que por esos días vivía el entusiasmo de creerse recuperado de sus
apetitos, aceptó.
–¿En serio, amor?–se sorprendió ella
–Claro. ¿Por qué no?
–Igual quiero que lo pienses, que sea tu decisión, que lo hagas porque te nace,
no porque te lo pido.
–Acepto porque quiero. Sí me provoca venir a vivir contigo. Más bien, ¿cómo
crees que lo tome Emilio? ¿No será muy pronto para él?
–No creo que haya problema
[Esa tarde tiraron a escondidas. Emilio estaba viendo la tele en el cuarto de
al lado, así que se encerraron en el baño, tratando de hacer el menor ruido
posible].
Solo tres días después de esa conversación, Ernesto entró a su oficina y le
anunció lo del viaje. Había una convención de publicistas en España seguida de
un seminario en un instituto madrileño. Dos semanas enteras en Madrid. En menos
de 72 horas tenía que subirse al avión. Gabriel aceptó encantado.
(…)
Tal vez fue el viaje,
la absoluta libertad, el hecho de estar solo y lejos, conocer gente de otras
partes. O todo eso junto. El tema es que Gabriel salió de Lima y no volvió, no
volvió más. O sea, regresó, pero convertido en otra cosa.
Nadie cambia esencialmente
en quince días, pero quince días pueden transformarte, pueden hacerte mutar,
virar de dirección, pueden despertar cosas dormidas en tu inconsciente, pueden
degenerarte.
Los quince días en
Madrid fueron todos excesivos. La convención reunió a cientos de publicistas,
hombres y mujeres, con muchas ganas de conocerse y de intercambiar algo que no
sea solo opiniones respecto del futuro de la publicidad en América Latina. No
fue raro por eso que la tercera noche Gabriel acabe enredándose con una muchacha
colombiana, una caleña, que desde la primera charla lo estuvo mirando con
ganas.
No fue raro tampoco
que se emborrachara dos noches seguidas junto con la delegación argentina, ni
que se dejara besar por Julieta, una cariñosa rosarina más guapa que Natalia
que lo empotró contra la puerta de un baño y le metió la mano adentro del
calzoncillo.
Casi no durmió durante
toda su estadía. Por las mañanas asistía en calidad de zombie a las reuniones
de la convención; por las tardes recorría la ciudad, turisteaba, y luego se
entregaba de brazos abiertos a los designios de la noche.
Gabriel cumplió en ese
viaje la promesa de libertinaje que jamás alcanzó a concretar al llegar a Lima
luego de la decepción amorosa en Buenos Aires. Era una deuda que lo seguía
rondándolo y que recién ahora podía saldar.
En quince días se
acostó hasta con cuatro chicas diferentes, consumió más hierba de la que había
fumado en su vida entera, se alcoholizó. En quince días vivió lo que no había
vivido en quince años. No sintió culpa por ejercer, al fin, tanta promiscuidad
pendiente. Hasta llegó a pensar que dormir con diferentes mujeres era un modo
de calmar a tiempo sus angurrias. Luego, una vez que se fuera a vivir con
Amanda, ya no podría andarse con esos juegos peligrosos, así que era mejor
jugarlos antes de que se comprometiera todavía más.
¿Pero en verdad quería
irse a vivir con ella? ¿Quería comprometerse? ¿No era esto –viajar, vivir solo,
sin anclas– lo más cercano a la plenitud que siempre había deseado?
Faltando solo dos días
para regresar, lo decidió. Decidió romper con Amanda. Sabía que la intensidad
del viaje podía ser un espejismo, y sabía que una vez que se desvaneciera el
efecto Madrid en Lima, tal vez podrían renacer en él las ganas de volver con
ella. Pero no le importó. Había algo más que lo animaba. Lo supo de pronto, una
noche, mientras caminaba por una calle adoquinada rumbo a un bar.
La relación con Amanda
–comprendía Gabriel, mirando cómo avanzaban sus zapatos debajo de su abrigo–
dejó de interesarle desde el momento en que dejó de ser clandestina. Se había
convertido en una relación pública, había salido a la luz. Era real. La burbuja
de su historia se había dilatado, había explotado y todo lo que estaba al
interior se había desparramado sobre el asfalto. Lo que estaba viviendo con
Amanda era tan concreto que ya no era sublime. Se le habían concedido sus
deseos adolescentes y eso, en vez de colmarlo de una felicidad siquiera
provisoria, le hacía daño.
Gabriel se había
enamorado, no de Amanda, sino de la historia con Amanda. De la imposibilidad de
estar con ella. Ahora que al fin era suya, todo empezaba a colorearse de un
tono gris, pesado, típico, aburrido.
Luego de arribar a
esas certezas, se sintió mugroso. Pero lo aceptó.
Aceptó la mugre de sus
dudas, de su cobardía, de su simpleza, y sintió un inmenso soplo de alivio en
medio del corazón.
(...)
Solo
uno de los varios mails que Amanda le envió durante su estancia en Madrid tuvo
respuesta. Descarriado como estaba, Gabriel apenas le contestó uno de los
primeros para decirle que pasaba mucho tiempo en conferencias y que lo
disculpara si no ingresaba a Internet a diario. Amanda presintió algo malo.
Gabriel siempre había sabido cómo estar en contacto. Tenía decenas de mails
suyos en su bandeja de entrada, guardaba más de cincuenta mensajes de texto en
su celular (y eso que había borrado varios de los iniciales, por temor a que
Jaime pudiera descubrirlos), y tenía archivadas por los menos veinte de sus
conversaciones por chat. Es decir, desde que se reencontraron Gabriel había
hecho de la Internet un sólido puente de comunicación con ella, por eso
resultaba por lo menos raro que ahora no se manifestara, que le costara tanto.
Podía estar ocupado y repleto de trabajo –pensaba Amanda– pero no le costaba
nada escribirle unas líneas. Un solo correo en quince días era como muy
desconcertante.
Cuando
Gabriel regresó a Lima y la llamó, Amanda confirmó las sospechas que había
acumulado durante su ausencia. Estaba raro. Raro y evasivo. Hablaba seco, como
sin energía. Falseaba frases de cariño.
Quedaron en verse al día siguiente, viernes. Ella le
dijo que pase por su casa, que podían tomar algo ahí y conversar. Emilio estaba
con su papá fuera de Lima. No habría problemas. Gabriel no quiso. Sabía que si
pisaba el departamento de Amanda su decisión automáticamente correría el riesgo
de no materializarse. Acabarían besándose, tirados en la cama. No podría
evitarlo. Él propuso encontrarse en el San Antonio de Chacarilla, en el segundo
piso. “Está bien, amor, como quieras, nos encontramos ahí”, se despidió Amanda.
“Ya, perfecto. Hasta mañana entonces”, cortó Gabriel.
Fue la conversación más dura y penosa de todas las
conversaciones duras y penosas que él había tenido nunca. Todo lo que había
ensayado lo olvidó de golpe y comenzó a balbucear sus deprimentes excusas. No
quería seguir con esto. No se sentía bien. No lograba sentir lo mismo que al
principio. No lo dijo así, pero lo insinuó. Algo se había quebrado y, aunque le
costaba identificar qué cosa era, no parecía tener remedio. “No estoy a la altura
de lo que sientes por mí”, concluyó. Amanda se quebró al escucharlo. No lloró
desconsoladamente. Es más, casi no lloró, pero en sus ojos, en sus facciones
hubo de pronto una gran ausencia. Un apagón. Las palabras de Gabriel la
impactaron tan hondo que, en vez de producirle una pena ruidosa, la
conmocionaron en silencio. Sintió como si dentro de ella alguien hubiese
lanzado una pedrada. Un golpe seco. Eso sintió. Eso y un leve mareo.
A
su turno, le hizo cien preguntas, pero a medida que las hacía se daba cuenta
que no buscaba que Gabriel las respondiera. Eran preguntas que ella necesitaba
hacer en voz alta pero que nadie podía contestar. ¿En qué momento dejaste de
sentir? ¿Esto fue real? ¿Por qué prometiste? ¿Qué faltó? ¿Por qué esperaste a
irte? Preguntas que se habían ido forjando a lo largo de los últimos meses y
que se habían quedado así, abiertas, detenidas, sin solución, como emblemas de
una relación que en el fondo era eso: una suma de incógnitas. De repente fue
Gabriel el que se puso a llorar. Con la cabeza gacha y la voz entrecortada,
cogió las manos de Amanda, pidiéndole disculpas. Parecía un chiquillo buscando
el perdón de su mamá.
Estuvieron
así casi dos horas. La conversación era un laberinto: iba y volvía por
diferentes intrincados lados. Al final fue ella la que se puso de pie y se
marchó. Antes le rogó que no la llamara más, que no le escribiera, que
desapareciera sin dejar rastro. “¿Estás segura de que es eso lo que quieres?”,
consultó Gabriel, con los ojos acuosos. “Sí, por favor”, dijo ella, mirándolo
con un resto de amor y de lástima.
Mientras
la veía bajar las escaleras, Gabriel no pudo evitar sentirse un desgraciado.
Sabía que acababa de producir un daño irreparable y albergar esa certeza era
algo casi tan terrible como haber sido dañado. Quería a Amanda, pero al pasado
de Amanda. Su presente, con una separación a cuestas y con un hijo que jamás
podría ser suyo, le llenaba de un absurdo pero concreto sentido de la
responsabilidad. Tenía razón: no estaba a la altura.
Gabriel
recordó las advertencias de Martín. Dónde estaría ahora. ¿Había valido la pena
alejarse de él? ¿Por qué se había encargado de ahuyentar a todas las personas
que habían decorado los últimos meses de su vida: Martín, Amanda, María Pía?
¿Por qué les había pagado con ingratitud? ¿Por qué se había empeñado en
convertirse en un mal recuerdo para ellos tres?
Su último error fue buscar a Renato y contarle todo.
Fue una noche, en Patagonia. Había pasado solo una semana de su último encuentro
con Amanda. Las heridas estaban frescas. Renato escuchó con atención el relato
de los últimos acontecimientos e intentó mostrarse comprensivo, pero no pudo.
Sintió pena por Amanda y vergüenza ajena por el modo en que Gabriel lo había
estropeado todo. En nombre de una tranquilidad que solo era cobardía, miedo,
falta de agallas. Trató de ponerse en su lugar, pero fue inútil. No pudo. El
final de la historia –cuyo inicio le había procurado enorme entusiasmo– le
parecía, no triste, sí patético.
***
Después
de esa noche pasó harto tiempo hasta que Gabriel y Renato volvieron a cruzarse.
Poco más de medio año. Fue un jueves de junio del 2009. Se encontraron de
casualidad en la entrada del cine Alcázar, en la cola de la boletería. Renato
estaba solo. Gabriel no: lo acompañaba una chica de unos veintidós o veintitrés
años. Jamás supo quién era, solo que se llamaba Alexandra y que se apellidaba
igual que Gabriel: Lombardi. Tal vez fueran parientes. Estaban de la mano, así
que Renato supuso que algo había entre los dos. Fue Gabriel el que le pasó la
voz y lo saludó con afecto. Se pusieron al corriente de sus cosas de modo
genérico. Casi al final le dijo “deberíamos juntarnos, huevón”.
Renato
le prometió que lo llamaría y le sonrió. Su sonrisa no tenía que ver tanto con
el gusto de verlo nuevamente. En verdad, verlo no le daba ningún gusto. Si no
se habían visto en medio año era, básicamente, porque él había sabido evitarlo.
Si ahora sonreía era porque le parecía alucinante la coincidencia de los
hechos. Solo una semana antes, se había encontrado con Amanda en el Eka Bar.
Como Gabriel, ella tampoco estaba sola: estaba de la mano con Fico Dávila, otro
chico del colegio (al parecer, los chicos del colegio ejercían en Amanda una
tardía fascinación). Se cruzaron en la escalera y fue imposible no saludarse.
Amanda le preguntó cómo estaba, él hizo lo mismo. Nada más. Igual con Fico.
Pura y asquerosa diplomacia.
Por
eso sonreía con malicia en la boletería del cine. Encontraba asombroso haber
visto a Amanda y a Gabriel en menos de siete días. Cada quien por su lado, con
nuevas parejas. Le parecía que esa historia, por su intensidad, por sus
reveses, por la nostalgia del pasado y la absoluta ironía del presente, era
como una novela que alguien tendría que contar.
––Oye, estuve leyendo tu blog. Así que ya conseguiste
novia ––le comentó Gabriel, antes de despedirse
––Sí, desde hace unos meses recién
––¿Y de qué vas a escribir ahora?
––No sé, no estoy seguro. Nunca faltan temas
––Claro, pero no irás a escribir de tu relación. Si no, las flacas no te van a
durar nada.
––No. Por ahora no quiero escribir sobre mí.
––Sí, mejor
––Tal vez empiece a escribir las historias de mis amigos ––dijo Renato,
mirándolo con sarcasmo
––Uy. Qué miedo ––Gabriel se río sin reírse. Alexandra no comprendía nada, pero
igual se río.
––Hay cada historia…
––Me imagino
––La tuya, por ejemplo
––Ja, ja. No te lo aconsejo: vas a perder lectores. Estoy seguro de que hay
mejores…
––Sí, puede ser, pero la tuya la conozco bien
––Confío en que no lo harás…
––Nunca confíes en mí
––Cuídate mucho, compadre. Un gustazo verte
––¿Qué van a ver?
––Enemigos Públicos, con Jhonny Depp.
––Ya la vi. Está muy buena. Más bien apúrense, creo que está por empezar
lunes, marzo 17, 2014
16 EL MENSAJE DE VOZ
¿Te estás cuidando no?–le preguntó Gabriel a María Pía
en la cama, mientras arremetía contra ella, levantándola un poco por la
espalda, en una variante de la posición del misionero.
Minutos
antes había visto que en el segundo cajón de su mesa de noche los paquetitos de
condones se amontonaban vacíos. Hubiese preferido colocarse uno, pero no pensó
un segundo en detenerse, pues desde que se acostaban ella también tomaba las
precauciones del caso.
–Sí, claro–balbuceó María Pía, sofocada, sin abrir los
ojos, dejándose embestir, moviendo las caderas en círculos para alcanzar un
orgasmo antes de que él acabara
–¿Normal si termino adentro?–musitó él, alocado,
besándole el pecho, apretando con las uñas la parte posterior de los muslos,
ahí donde las piernas se encuentran con las nalgas.
–Sí,
no pares–resopló ella, arqueándose de placer bajo el cuerpo azorado de Gabriel,
cuyas violentas frotaciones no cejaban ni un instante
Apenas
unos segundos después –con arañazos, gritos ahogados, mordiscos y jalones de
pelo de por medio– ambos coincidieron en una simultánea secuencia de jadeos
asmáticos que concluyó en una larga y honda exhalación. Se estremecieron, se
rellenaron la boca de besos mojados, se empotraron el uno contra el otro,
viniéndose al mismo tiempo.
–Puta
madre, qué rico–celebró él, volteándose boca arriba, cayendo de espaldas sobre
la cama, con los ojos entornados y la boca deshaciéndose en un ademán que poco
a poco tomaba la forma de una excitada sonrisa.
–Sí,
uf, me encantó–añadió ella, girando hacia él, feliz, colocando un brazo tierno
sobre el pecho transpirado de Gabriel
–¿Seguro
que has tomado tus pastillas no?–preguntó él para cerciorarse, con una
vocecilla amansada por la satisfacción obtenida tras la eyaculación.
–Sí,
caray. No te mentiría con algo así–renegó María Pía, que ahora entrelazaba su
pierna derecha con la pierna derecha de Gabriel.
Se
quedaron dormidos, medio abrazados, cubiertos apenas por las sábanas. Si
alguien los hubiese visto así habría creído que se adoraban. Permanecieron así
por tres horas. A las dos de la mañana, él se desperezó y al abrir los ojos se
sorprendió de ver que María Pía lo observaba fijamente, sentada en el borde del
colchón. Llevaba un rato largo espiándolo mientras dormía, estudiando sus más
imperceptibles movimientos. Gabriel sintió el peso de esa mirada inmóvil,
inexpresiva.
–Pensé que dormías…
–No, no he podido–dijo ella, sin moverse
–¿Qué te pasa?, ¿Por qué me miras así?
–No, nada…
–Algo te pasa. No hagas que te insista
–Es que creo que Chío tiene razón…
–No entiendo. ¿Acerca de qué?
–Tú jamás me vas a amar, Gabriel
María Pía giró la cabeza y descansó su mirada en la
ventana. Al otro lado del vidrio, la noche primaveral estaba iluminada por una
media luna. Los autos pasaban y la estela del sonido de sus motores se colaba
en el cuarto, mezclándose con la canción que sonaba en la laptop de Gabriel: Love will keep us alive de The
Eagles.
–¿Y por qué dices eso así, de pronto? ¿En qué te has
quedado pensando?
–En lo mismo que vengo pensando desde hace cinco semanas: que soy una ilusa por
creer que puede pasar algo serio y bonito entre tú y yo
–Pero acaba de pasar algo bonito, ¿no crees?
–No estoy hablando de tener buen sexo, Gabriel, sino de estarjuntos.
–No
te entiendo, María Pía. En unos meses más vas a irte a vivir a Nueva York.
¿Para qué quieres involucrarte conmigo? ¿No te das cuenta de que, en el fondo,
es lo peor que podría pasar? ¿Para qué vas a crearte una atadura sentimental si
tu futuro está allá?
–Es que ya no sé si me quiero ir a estudiar afuera…
–¿Qué? ¿Me estás jodiendo, verdad?
–No. No es broma. Creo que quiero quedarme. Es más, no lo creo: lo tengo
decidido.
–¿Pero para qué?–Gabriel se incorporó. De golpe su rostro se despejó de toda
huella de somnolencia. La noticia le había caído como un baldazo de cubitos de
hielo.
–Quiero
intentar hacer mi vida en Lima, seguir cursos aquí. ¿Por qué no? Siempre he
dicho que quiero ir a estudiar Arte a Nueva York, pero creo que todo este
tiempo he estado enamorada de la idea, de la posibilidad y del significado de
hacerlo, de lo alucinante que suena decir “vivo y estudio Arte en Nueva York”.
El plan se oye tan atractivo en los oídos de los demás que le he terminado
cogiendo cariño solo por eso. ¿No te pasa a veces?–María Pía ladeó la cabeza,
como buscando ser comprendida.
–No, no me pasa. Cuando digo que quiero hacer algo es
porque quiero hacerlo, y cuando digo que no es porque no me provoca. Así de
claro. No me ando con mentiras, ni engreimientos, ni idioteces…
–Bueno, pues, a mí sí me pasa. Yo sí me confundo, me desdigo y me retracto. Y
ahora sucede que ya no me quiero ir del Perú. Y si tienes algún problema con eso,
lo lamento
–¿Qué problema voy a tener yo? Es tu vida, no la mía
Gabriel
encendió un cigarro y se sentó, apoyándose en el respaldar de la cama. Los
anillos de humo salían de su boca e iban perdiendo su forma en el aire de la
habitación. Una lámpara de pie proporcionaba una tenue luz a la estancia. Ella
lo miraba con desencanto.
Después
de fumar, se echó otra vez a la cama. María Pía quería seguir conversando, pero
él se cubrió con las sábanas, le dio la espalda y le pidió que lo dejase
dormir. “Si quieres quedarte, no tengo inconveniente, pero no hagas bulla por
favor. Mañana tengo un partido de tenis y quiero levantarme temprano”, dijo,
ofuscado.
Debajo
de las sábanas, con los ojos abiertos, Gabriel cruzó los dedos para que ella se
enojara por tan poca hospitalidad y se fuera del departamento. Eso no ocurrió.
María Pía pasó la noche a su lado, metida en la cama sin hablarle. Recién se
marchó a la mañana siguiente, poco después de las ocho.
Desde el momento en que ella le contó que deseaba quedarse en Lima, Gabriel
–acusando recibo de un mal presentimiento– comenzó a desarrollar hacia María
Pía una especie de resistencia y antipatía, casi una alergia.
Por
eso, aunque fuera a extrañar las formidables sesiones de sexo a su lado,
decidió alejarse. No bruscamente, claro, porque eso –estaba seguro– provocaría
en ella una reacción violenta. Tenía que hacerlo poco a poco, lento, lo
suficientemente lento como para sugerir que se trataba de un desgaste natural.
Alejándose,
Gabriel pretendía dos cosas: evitar ilusionar a María Pía con la utopía de
estar juntos y dar drástica vuelta a la página para concentrar toda su atención
en Amanda, a quien tenía descuidada y cuya inestabilidad anímica progresaba
cada día, producto de lo que para ella era una doble culpa imperdonable: haber
alejado a su hijo de Jaime, su padre, y haber provocado con sus llantos
cobardes el incipiente desamor de Gabriel.
Para
apartarse de María Pía, Gabriel empezó por restringir la comunicación
telefónica. Esa fue la primera medida. Cuando ella lo llamaba al celular, él
interponía una excusa: “estoy en una reunión”, “no te escucho bien, hay mala
señal”, “acabo de entrar a un ascensor, se va a cortar” o “llámame en cinco
minutos”. Soltaba cualquiera de esas frases y enseguida apagaba el teléfono móvil.
Otras veces fingía estar manejando y salía del apuro con una clásica mentira:
“Hay un policía a mi costado, te llamo luego”. Se inventaba cosas así y colgaba
sin remordimiento.
Lo
único que consiguió Gabriel con esa actitud fue que María Pía triplicara
obsesivamente sus llamadas. Eso lo puso en un aprieto y lo obligó a silenciar
el teléfono cada vez que estuviera por encontrarse con Amanda. Por ningún
motivo, Amanda debía enterarse de la existencia de María Pía. Esa era su
consigna.
El
solo hecho de imaginar que María Pía podía presentarse una noche en su
departamento cuando él estuviera con Amanda lo retorcía de pánico. Sería una
situación insalvable, pensaba Gabriel. “¿Qué ocurriría si María Pía busca a
Amanda para contarle que tiramos desde hace tiempo?”, se preguntaba, agotándose
en toda clase de especulaciones tortuosas. Su conclusión era siempre la misma:
si Amanda se llegaba a enterar, no quedaría otro remedio que negarlo todo.
Gabriel
estaba seguro de que, si Amanda era puesta al tanto de los hechos por algún
informante venenoso, terminaría con él sin pensarlo, por mucho dolor que eso le
causara. “Se le rompería el corazón, me odiaría, no me lo perdonaría jamás”,
presagiaba.
Por eso, cada vez que llegaba a la casa de Amanda,
antes de entrar, activaba la opción del silenciador telefónico. Ni siquiera se
atrevía a ponerlo en vibrador. No le importaba perder llamadas importantes de
trabajo. Lo fundamental era que Amanda no abrigara sospechas de ninguna clase.
Él sabía que, si llegaba el momento de un careo celoso, se vería perdido,
desarticulado. Con gran y pendeja astucia podía mantener una doble vida sin que
nadie se enterase, podía estar formalmente con una e informalmente con otra,
podía follar con las dos, satisfacerlas y mantenerlas alejadas. Lo que no
podía, lo que no se le daba bien, era mentir cara a cara: sus nervios lo
delataban, perdía elocuencia, se llenaba de tics gestuales y caía en las más
infantiles contradicciones.
Una noche, mientras veían una serie (Lost)
en el departamento de Amanda, Gabriel se paró para ir al baño y dejó el celular
en la mesa, pensando que sería de muy mala suerte que justo en ese lapso
entrara una llamada de María Pía y contestase Amanda. “No creo que sea tan
piña”, rumiaba Gabriel, mientras terminaba de descargar la vejiga en el wáter,
desarrugando y sacudiendo el colgajo.
De pronto ocurrió lo temido: entró una llamada de María Pía. El celular no
sonaba, pero emitía una luz fluorescente. El nombre de María Pía Arbulú titilaba
en la pantalla. Amanda miraba la televisión. Cuando Gabriel volvió del baño se
encontró con que Amanda estaba a punto de alcanzar el aparato.
–¡Deja,
yo contesto!–dijo, tratando de no sonar angustiado
Con
la piel de gallina, oprimió el botón rojo y desvió la llamada de inmediato.
Hizo como si se hubiera perdido.
–¿Quién era? –preguntó Amanda, extrañada
–No sé. Colgaron
–¿Por qué tenías el celular en silencio?
–Lo dejé así desde la reunión de la tarde, ni cuenta me di. Lo voy a poner
normal–mintió él.
Esa misma noche, apenas llegó a su casa, Gabriel editó
en su celular el nombre de María
Pía Arbulú, cambiándolo por uno falso de hombre:
Mario Arboleda.
El concierto de Los
Cadillacs no pudo salir mejor. El Estadio Nacional
estuvo repleto y la organización funcionó perfectamente. Gabriel fue con Amanda
y con la gente de la agencia.
En
la parte inferior lateral del escenario se habilitó una zona privada para
invitados especiales y periodistas. Por ser encargados de la campaña de
publicidad, todos los de la agencia ingresaron libremente a esa área VIP apenas
terminó el concierto.
Amanda
y Gabriel estaban ahí, degustando unas lonjas de lomo y bolitas de causa,
cuando se encontraron con Renato
–Hey,
qué sorpresa–dijo Gabriel, contento por la coincidencia.
Mientras
abrazaba efusivamente a Renato, le decía al oído: “por si acaso el fin de
semana pasado estuvimos jugando tenis, no me vayas a cagar”
–Hola, Amanda. A los años. Estás muy bien–saludó
Renato, saliendo del abrazo de Gabriel
–¡Hola! ¿Cómo estás? ¡No nos vemos desde el colegio! Estás idéntico–respondió
Amanda, simpática, sonriente, dándole un beso en la mejilla
–No hay duda de que, entre los tres, la que mejor se
mantiene eres tú–la piropeó Renato
–Bueno, ese no es mucho mérito tampoco–se burló ella
–¿Estuvo mostro el concierto no?–comentó Renato, como para romper el silencio
que se hizo después de los saludos
–Sí, de los mejores. Hemos saltado como locos, estábamos a tres metros de
Vicentico–dijo Gabriel, masticando un trocito de lomo
Amanda
lo interrumpió y se dirigió a Renato.
–Oye, nos estamos yendo a Ayahuasca, en Barranco. ¿Por qué no vienes? Así conversamos
más.
–Genial, me apunto. Había quedado con unos amigos en ir a Eka, pero puedo caer
más tarde. Vamos
Una vez en Ayahuasca,
la gente de la agencia de agrupó a un lado de la enorme mesa que ocuparon
todos. Gabriel se sentó en medio. En el otro extremo, Amanda y Renato charlaban
entre ellos, haciendo una descripción más o menos discreta y diplomática de sus
vidas. Él le habló del periódico, de los libros que había escrito, de los que
pensaba escribir y le comentó que estaba a punto de empezar a conducir un
programa en Radio
Calidad. A su turno, ella le contó de su hijo y
no pudo evitar hacer alusión a su separación. “Ahí ando, pues, medio fregada
con esos temas”, dijo, generalizando sin mayor drama.
Gabriel
se acercó, tomó a Amanda por la cintura y le dio un beso en el cuello. Renato
sonrió. Le pareció que hacían una pareja con buena química, una pareja de
aspecto saludable. Le pareció que no eran el resultado de una aventura ramplona,
sino de un amor paciente, la feliz manifestación de un amor de otro tiempo. Los
tres cogieron sus vasos de pisco sour y brindaron por el colegio. Al tercer
pisco, Amanda se puso a cantar el himno y a recitar de memoria las canciones
que se entonaban en las asambleas. Gabriel y Renato se rieron.
Luego los tres recordaron algunos nombres de la
promoción. Hablaron brevemente de los chicos y chicas que habían triunfado a
pesar de las pocas expectativas; los que se empozaron y adquirieron una vida
normal nomás; los que acabaron siendo mediocres a pesar de lo mucho que
prometían; los que se habían ido del país; los que habían vuelto; los que
estaban conectados en el Facebook; los desaparecidos; los que se casaron; los que se
divorciaron; los que tuvieron accidentes; los freaks;
los que se transformaron en algo; los millonarios, los pobretones, los gays.
Cuando llegaron a ese último rubro, Renato compartió un chisme.
–¿Se acuerdan de César Guerra?
–¿Uno que usaba una colita?–adivinó Amanda
–Claro, que jugaba fulbito y que en cuarto de media usaba los zapatos negros
con medias blancas–recordó Gabriel
–Aguanta. Todos usábamos zapatos negros con medias blancas. Se puso de
moda. Era horrible. Parecíamos Michael Jackson
–Ya, bueno, ¿qué pasó con él?–apuró Amanda
–Un
día Fico Dávila me contó que un grupo de gente de la prom (entre ellos Piero
Fernández, Roberto Chacón y Pedro Anaya) se fueron a la Javier Prado a joder a
los cabros que paraban por allí. Solo por joder. Les habló de hace años. 1997,
más o menos.
–Ya,
¿y?
–Estacionaron
en un parque, vieron a una manchita de maricones, se acercaron despacio y
empezaron a perseguirlos, amenazándolos con pegarles. “Chivo conchatumadre, te
voy a volver hombre a pedradas”, dicen que le gritaba Pedro a uno de ellos.
–¿Y qué tiene que ver César Guerra con todo
eso?–intervino Gabriel
–Espera…
–Sigue, sigue–dijo Amanda, con chismográfica avidez
–Bueno.
La cosa es que uno de los cabros se tropezó, al parecer se le rompió el taco
del zapato y cayó al suelo. Pedro corrió para darle una patada. De pronto, el
maricón voltea y… ¿qué creen?
–¡Era César!–dijeron en coro, sorprendidos, Amanda y
Gabriel
–El mismísimo César Guerra. Sin colita, ni medias blancas.
–¡No jodas!–exclamó Gabriel
–No puedo creerlo–agregó Amanda, tapándose la boca
–Ahí no termina la cosa…
–¿Qué más pasó?–insistió Gabriel. No me digas que entre Pedro y César...
–Ja, ja. Nada que ver. Al verse cruzaron miradas, se
reconocieron mutuamente y se quedaron atónitos unos segundos. Luego Pedro lo
ayudó a pararse y se dieron un abrazo fuerte, de alma.
–Claro, ellos habían sido bien patas en el cole–apuntó Gabriel
–Ya se imaginan la cara de sorpresa de los otros cabros, que estaban mirando
todo desde detrás de un arbusto. Eso por no hablar de la cara de Fico, Piero y
Roberto, que estaban lejos de la escena, mirando boquiabiertos cómo Pedro
abrazaba de lo más entrañablemente a un travesti.
–Ja, ja, ja. Deben haber pensado que Pedrito se
enamoró del cabro en el acto–se burló Gabriel
–El asunto es que se abrazaron y se fueron a chupar
–¿A chupar qué?–ironizó Gabriel
–A chupar un trago, pues–precisó Renato
–Ay, amor, ¡no seas cochino!–reprendió Amanda
(“Bien que te gusta”, pensó Gabriel)
–Fueron
a tomarse algo y a conversar. Ahí César les contó todo y les hizo jurar lo
mismo que Fico me hizo jurar a mí, y lo mismo que yo les voy a hacer jurar
ahorita a ustedes dos, por muy infructuoso que resulte:
“que–esto–no–salga–de–aquí”
–Bueno, no hay nada que hacer. Esto se merece otro
brindis–propuso Gabriel, recogiendo su pisco sour de la mesa.
–¿Y por qué vamos a brindar exactamente?–inquirió Amanda
–Por los queridos y memorables cabrazos del Carmelitas–proclamó Gabriel, con
falsa solemnidad
La noche avanzó, larga y divertida. El lugar estaba
colmado de gente, los piqueos salían por montones, y la música discurría entre
canciones bailables y los infalibles hits ochenteros.
No hacía frío ni calor. Era una noche de setiembre particularmente fresca.
Afuera, algunos patrulleros dejaban oír su sirena en medio del vocingleo de
Barranco.
Gabriel
se paró de la mesa con ganas de mear. Entró al baño y esperó a que se
desocupara uno de los cuatro urinarios que estaban en fila, pegados a la pared.
Llegó su turno, vació su vejiga y sacudió la pichula mientras con el rabillo de
los ojos miraba a los meones del costado. Siempre hacía lo mismo: intentaba ver
lo más discretamente posible el tamaño de los penes de los demás para
compararlos con su miembro. Pocas veces lo conseguía. Acabó de mear, se lavó
las manos, se miró en el espejo, se sonó la nariz. Antes de dejar los servicios
higiénicos revisó su celular silenciado. Tenía cuatro llamadas perdidas. Todas
eran de María Pía. Tenía también un mensaje de voz. No le provocó escucharlo.
De vuelta a la mesa, encontró a todos muy animados. Amanda hablaba con algunas chicas de la agencia y Renato conversaba con Ernesto Escriben, el jefe de Gabriel, quien le elogió unos textos que había leído en El Comercio.
De vuelta a la mesa, encontró a todos muy animados. Amanda hablaba con algunas chicas de la agencia y Renato conversaba con Ernesto Escriben, el jefe de Gabriel, quien le elogió unos textos que había leído en El Comercio.
Todos habían pedido una ronda más de pisco sours y ya
empezaban a proponer planes para más tarde. “Vámonos a Gótica”, dijo alguien. “No, vamos a Bizarro”, sugirió otra voz. “Hoy hay una fiesta de salsa por
la avenida Brasil”, apuntó una de las chicas. “Ya sé, mejor un Karaoke”,
completó uno más.
Gabriel y Amanda se disculparon con el grupo y se
fueron por su lado. Renato hizo lo propio. Los tres se despidieron a la salida
deAyahuasca. “Nos vemos pronto”, le dijo Gabriel. “Llámame para
jugarte la revancha en tenis, a ver si ahora me ganas”, respondió Renato,
guiñándole un ojo.
Gabriel
dejó a Amanda en su casa. Emilio se había quedado al cuidado de una nana, así
que no pudieron pasar la noche juntos.
Él volvió a su departamento, arrojó las llaves sobre
la mesa de noche y prendió la tele de su cuarto. Se dejó caer en la cama y se
puso a hacer zapping. De repente, mientras conectaba el celular a la
pared, recordó el mensaje de voz que no había escuchado. Marcó un par de
botones. Tal como supuso, era de María Pía. Habían pasado dos semanas desde la
última vez que la había visto.
La
grabación dejaba oír una voz quejumbrosa, preocupada.
“Gabriel,
hola. Estoy mal. No me viene la regla, tengo mareos. Nunca me había atrasado
tanto. Tengo miedo de estar embarazada. Por favor, llámame apenas puedas,
tenemos que hablar en serio”
Eran casi las cuatro de la mañana cuando escuchó el
mensaje. Gabriel no pudo conciliar el sueño sino hasta las siete. Durmió solo
dos horas. A las nueve se despertó sobresaltado. Escuchó nuevamente el mensaje
del celular, esperando que no estuviera ahí, esperando que todo fuera parte de
una pesadilla. La grabación, lamentablemente, era la misma. La cabeza empezó a
darle vueltas y una sensación de vacío le anestesió el estómago. Se miró en el
espejo, estaba verde. Un minuto después se arrodilló delante del wáter para
vomitar. Entre el vómito un pedacito de lomo destacaba, intacto.
RENATO CISNEROS
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