jueves, noviembre 01, 2012

11 UN AMIGO EN EL DRAGON

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No mantener relaciones sexuales con Amanda debido al deterioro de su relación no quería decir, por cierto, que Jaime permaneciera genitalmente inactivo. En cada uno de esos viajecitos con la alta gerencia de Procter –tanto en los internacionales como en los nacionales, tanto en Estados Unidos como en Trujillo–, después de las opíparas comilonas en los restaurantes más exclusivos, él participaba, con deleite y sin mayor culpa, en las comitivas de diversión rumbo a la casa de citas más afamada de la ciudad que los estuviese alojando.
No se trataba de cualquier puticlub –como esos que visitaba Martín en sus épocas de soledad y destrucción– sino de secretas sucursales de agencias de modelos y vedettes que, como cachuelo, ejercían la prostitución de alto vuelo.
Allí siempre los esperaba una madame que –previamente contactada por un ujier– les tenía listo un selecto séquito de chicas dispuestas a complacer a los seis o siete exigentes señorones bien trajeados que solían integrar las delegaciones de recreo. Ellas, tan comedidas, les bailaban en un cuarto reservado, donde ellos colocaban billetes de veinte y cincuenta dólares debajo de las tiras de sus bikinis. Si alguno se animaba, podía retirarse con la señorita que más le gustara a una habitación privada.
Esas actividades de solaz esparcimiento eran parte rutinaria de la vida ejecutiva de primera categoría. Al principio, cuando su relación con Amanda caminaba bien, Jaime se limitaba a mirar y aplaudir, pero desde hacía unos meses, una vez que se instauró entre los dos ese altísimo muro de concreto silencio, se le daba por contratar –a nombre de la empresa, por supuesto, y bajo el generoso rubro de gastos operativos– los servicios sexuales de cualquiera de las famosas chicas que trabajan en esos centros.
A la mañana siguiente de cada incursión pipiléptica, Jaime y el resto de gerentes se encontraban en los baños turcos. Colocándose una toalla blanca a la manera de una minifalda, ingresaban a una cámara de vapor y se despanzurraban en las bancas de madera apostadas en cada una de las cuatro paredes. Allí, entre las nubes calientes y el profuso aroma a eucalipto, charlaban sobre la noche anterior y hacían mentirosos resúmenes de sus vidas. A veces hablaban todos, como en una desordenada terapia de grupo, y otras veces se separaban de a dos o tres para tratar temas específicos.
Fue allí precisamente, en una charla con su jefe, Eduardo Riva Agüero, que Jaime tomó la decisión de irse de la casa.
Todas las especulaciones que se hizo Amanda eran incorrectas. Jaime no tenía ni idea de que ella lo engañaba, es más, si ella misma se lo hubiera confesado, él tal vez ni se lo hubiera creído. Su machismo era tan arrogante que –aún cuando la comunicación sexual con Amanda era casi nula– no consentía la posibilidad de que su esposa pudiera ponerle los cuernos. Habría pensado, más bien, que se trataba de una típica estratagema femenina para provocar su interés, para que ponga más cuidado en su alicaído matrimonio.
En realidad, Jaime no quería irse de la casa –y por eso lloró al momento de anunciárselo a Amanda–, pero lo hizo para chantajearla de modo tácito. Ella no parecía estar dispuesta a acceder a sus planes, así que la única manera de persuadirla era golpeándola dónde más le dolía: su hijo.
Guiado por los desapasionados consejos de su jefe, Jaime entendió que su ausencia podía ser rentable, ya que provocaría seguros trastornos a Emilio, que era tan apegado a él. Sin su papá en casa, no sería raro que el niño dejara de sacarse las buenas notas que siempre se sacaba y que comenzara a comportarse como un antisocial e involucionara como un autista. Apenas empezara a notar esos cambios en Emilio, a Amanda no le quedaría más remedio que asumir su destino y pedirle a su esposo que regrese.
Era una idea cruel, maquiavélica incluso, pero Jaime pensaba que el costo de esa movida sería, a la larga, muchísimo menor que el beneficio que iba a obtener.
Emilio tendría un hermanito, todos se irían fuera del país, reconstruirían la familia poco a poco y olvidarían esta forzosa ruptura temporal.
El solo hecho de concebir semejante ardid podría llevar a cualquiera a concluir que Jaime nunca estuvo realmente enamorado de Amanda. Pero eso es falso. Al inicio claro que lo estaba, y mucho. Después ya no. Una vez que empezó a ascender en la empresa, a ganar más dinero del que estaba preparado para administrar, su egoísmo devoró sus pálidos sentimientos. Como estilaban hacer los demás altos gerentes del país, él también quería tener una familia más numerosa y largarse unos años del Perú para luego volver convertido en multimillonario y mostrarles a todos lo mucho que había progresado en la vida. Estaba obsesionado con encajar en ese prototipo. Para conseguirlo, primero debía lograr que Amanda accediera a darle un segundo hijo, y si era varón, mucho mejor (los hombres –ya lo decía su padre, don Ramiro Tudela– son los únicos que hacen que el mundo funcione).
Fue calculando todos esos efectos que aquella noche Jaime le avisó a Amanda que se iría. Se echó a llorar con sinceridad y, con un nudo en la garganta, le dijo que se sentía atado de manos, que se había dado cuenta de que no la estaba haciendo feliz y que lamentaba tener un proyecto familiar tan alejado del suyo. Estar fuera un tiempo podría ayudarlos a aclarar sus pensamientos, le dijo. “Piensa bien lo que quieres, Amanda. Por lo menos ya sabes lo que yo quiero para nosotros. Me voy una semana, dos, no sé, lo que sea necesario. Llámame cuando tomes una decisión”, dijo.
Amanda no tenía ninguna decisión que tomar. En ese instante, con todas las palabras de Jaime dándole vueltas, no atinó ni a moverse. Estaba triste y algo feliz. Triste, por el melodrama mismo de la ruptura, porque sabía lo mucho que Emilio efectivamente sufriría cuando no viera a su papá, y porque no podía dejar de sucumbir a la inevitable sensación de fracaso que se tendía sobre ella. Pero también estaba feliz, porque ahora tendría el campo abierto para estar con Gabriel y porque por fin quedaría liberada de la soberbia y la indiferencia que habían poseído a Jaime durante los últimos años, cambiando su personalidad por completo. También ella había aprendido a ser egoísta en ese tiempo y a buscar la felicidad a su manera, aunque eso significara poner en riesgo lo que hasta ese momento había construido.
–¿Pero a dónde te vas a ir?, le consultó Amanda, secándose las lágrimas con las manos
–No sé, a un hotel tal vez, contestó Jaime, para hacer más dramática la figura de su distanciamiento
Jaime pensaba que a Amanda se le estaba encogiendo el corazón al verlo así, pero la verdad era otra: ella brincaba mentalmente por estar separándose sin haber tenido que confesar ninguno de sus sentimientos hacia Gabriel. Más adelante lo tendría que hacer, seguramente, pero lo importante ahora era que ella no estaba provocando la separación, sino el propio Jaime. Era él quien se iba. Lo que Amanda más había temido era tener que enfrentar a su esposo y decirle que estaba enamorada de otro hombre y quedarse con el pecho apuñalado por la triple culpa que esa confesión le generaría: la culpa de haber roto un matrimonio, la culpa de verlo llorar y la culpa de sentirse, finalmente, una mala mujer, o cuando menos una mujer sin escrúpulos. Hubiera sido un peso insoportable.
Dentro de todo, Amanda era una mujer sentimental y si –ante un eventual desenmascaramiento suyo– Jaime le suplicaba y le pedía que le diera otra oportunidad, ella no sabía si podría decirle que no y continuar con su vida como si nada. La pena y la lástima, intuía, eran poderosas y podían doblegarla.
Pero ahora era diferente: era Jaime quien tiraba la primera piedra y, si bien el escenario la conmovía y la hacía lloriquear, su conciencia estaba a salvo, tranquila.
Por eso al oír la gran primicia de Jaime, Amanda reprimió una sonrisa de alivio. Lo hizo por respeto. Estaba apesadumbrada por la decisión de su esposo, pero no podía mentirse: dentro de ella se erigía una esperanza.
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La mañana siguiente fue muy pesada, muy dura. Jaime, que había dormido voluntariamente en el sofá-cama de la sala, se levantó temprano, hizo una maleta y se fue a despedir de Emilio. Por mucho que hubiera un interés detrás de su partida, por mucho que fuera una treta, una jugada táctica, Jaime se quebró al ver la cara extrañada de su hijo, que le preguntaba si su alejamiento significaba que ya no irían a Disney en diciembre. “¿Me he portado mal, papito?”, preguntó el niño, con la voz aflautada y los ojos llorosos. 

–No hijo, claro que vamos a ir. Me voy un tiempo para trabajar, pero voy a volver, respondió Jaime sin aplomo, soltando un par de lagrimones y volteando a mirar de reojo a Amanda, como diciéndole, mira, mierda, todo lo que provocas por no querer tener otro hijo y largarnos de este país de porquería.
Cuando Jaime cerró la puerta, Emilio se metió a la cama de su mamá y, en medio de gimoteos, le dijo que no quería ir al colegio. Amanda, sollozando, lo tranquilizó, diciéndole que no se preocupara, que se quedara en la casa nomás, y que estuviera calmado, porque su papá volvería pronto.
“¿Va a venir para mi santo?”, preguntó Emilio, que había estado contando los días para su cumpleaños número cinco. “Claro que sí, Emilio. Él y yo vamos a estar contigo, ese día y siempre”, lo consoló ella. Al rato, el niño se quedó dormido; ella en cambio no pudo dormir más.
Una hora más tarde, harta de pasear por el departamento mordiéndose las uñas y llevando a cuestas unas profundas ojeras negras producto del llanto acumulado y la mala noche, Amanda decidió llamar a Gabriel. Tenía que contarle y hacerle saber lo triste pero también lo desahogada que estaba con todo lo sucedido.
Ese día Gabriel andaba atareadísimo: los Fabulosos Cadillacs llegaban a Lima en solo dos semanas y faltaba definir unos detalles con urgencia para la campaña de publicidad y merchandising del concierto. Esa responsabilidad escapaba, y no poco, de sus labores meramente creativas, pero era una chamba que Ernesto, su jefe, le había confiado y él no quería defraudarlo, entre otras cosas, porque la empresa que traía a los Cadillacs podía convertirse en un cliente importantísimo de ahí en adelante si quedaba complacida con su trabajo.
La llamada de Amanda lo encontró en medio de una reunión privada en la agencia. Estuvo a punto de no contestar, pero al notar que era ella se disculpó con los tres ejecutivos que lo acompañaban para poder atenderla. “Denme un segundo nada más”, anunció, retirándose un par de metros.
–Aló, Amanda. ¿Cómo estás, reina? ¿Qué pasa? Estoy en medio de una reunión clave
–Jaime se fue de la casa…
El anuncio –frío, seco, soltado sin anestesia– hizo que Gabriel se olvidara de dónde estaba y emitiera un gruñido cargado de estupor.
–¿Quéeeeee?
Los ejecutivos voltearon a verlo, sobresaltados. Luego se miraron entre sí.
–¿Pero por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué le dijiste?, dijo Gabriel, ametrallando a Amanda con esas preguntas
–Ahora no puedo hablarte, amor, después te cuento, le dijo ella. Luego cortó súbitamente: el pequeño Emilio se acababa de despertar y no quería desatenderlo ni un segundo.
Gabriel volvió a la reunión. O mejor dicho, su cuerpo volvió, porque su cabeza ya no podía concentrarse más en las cosas que allí se discutían. Se quedó en la oficina como si fuese un maniquí. Cuando le preguntaban si estaba de acuerdo con la propuesta que alguien acababa de hacer, él salía como de un sueño pasajero y respondía: “sí, sí, está bien, que se haga de esa manera”. Las dos primeras veces, los ejecutivos se fiaron de su reacción medio atontada, pero cuando uno de ellos manifestó su curiosidad por saber dónde quedaba el baño de la agencia y él contestó: “sí, ya, estoy de acuerdo”, todos protestaron. La reunión se puso tensa y, tras una breve discusión, fue postergada. “Si tienes problemas personales, Gabriel, consíguenos a otro representante de la agencia y listo. O si quieres, hablamos con Ernesto para que él te busque un reemplazo”, dijo uno de los empresarios, de pie, mientras juntaba sus papeles. Gabriel se deshizo en disculpas, les aseguró que todo funcionaría bien y prometió que en la siguiente cita concluirían con todas las coordinaciones que faltaban.
Apenas se retiraron los ejecutivos, Gabriel reventó el celular de Amanda, que por supuesto lo había puesto en silencio porque necesitaba estar sola, tranquila, con Emilio, el único hombre de su vida que en ese momento le importaba más que ningún otro.
La llamó cerca de diez veces, con nerviosa testarudez. Sabía que ella no le contestaría, pero él, idiota, terco, seguía apretando el botón verde de su celular, topándose a cada rato con la desangelada voz femenina de la grabadora, que le decía que si deseaba podía dejar su mensaje en la casilla de voz. ¿Quién sería la mujer que prestaba sus cuerdas vocales a la red de telefonía móvil? ¿Cuánto le habrían pagado por recitar esa línea que nadie quería escuchar? ¿Dónde viviría? ¿Estaría feliz o tristemente casada? ¿Pondría la misma voz sosa y desabrida al momento de hacer el amor? ¿Haría el amor? Gabriel estaba tan ansioso y contrariado que empezó a perderse en esa clase de desvaríos.
Esa tarde, ni siquiera almorzó. Con las justas y se embutió un chocolate mientras se derrumbaba de estrés delante de su computadora, sin hacer nada más que mirar su celular, esperando que sonara.
De repente el aparato timbró. Gabriel contestó de inmediato.
–¿Aló, Amanda?
Una voz decepcionada se oyó del otro lado
–Hola. No. Soy María Pía. Creo que no esperabas que fuese yo… 
–Sorry, María Pía. Te llamó después ¿sí? Chau.
María Pía ya sabía de memoria lo que eran esos cortes sin elegancia. Gabriel le había hecho lo mismo unas cuatro veces, con distintos pretextos. Esta vez, sin embargo, la choteada le ardió más porque escuchó el nombre de Amanda, que era algo así como su enemiga no oficial, la villana de la telenovela que transcurría en su cabeza, donde por supuesto ella era la muchacha buena de la historia. Apenas Gabriel le colgó, lanzó un “ajjj” cargado de bronca y piconería y arrojó el teléfono contra el suelo. Había pensado en sorprender a Gabriel invitándolo a almorzar, pero ahora se daba cuenta de lo mala que había sido su idea.
Gabriel no quiso salir de la agencia durante toda la tarde. El temor de que Jaime, enterado ya de la infidelidad de Amanda, le mandara un matón o tomara alguna represalia contra él, lo paralizaba. Nunca en su vida se había liado a golpes con nadie, por lo tanto no sabía bien si esa sensación que le recorría el espinazo era cobardía por los puñetes que podían estrellarse contra su nariz, o miedo por la reacción, violenta y nueva, de la que sería presa si alguien lo provocaba.
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Recién a las diez de la noche, Amanda lo llamó para contarle todo. Lo primeo que Gabriel le dijo es que no recordaba haber estado así de angustiado nunca antes (y le mintió, porque la palta que tuvo años atrás cuando a Natalia no le vino la regla por dos semanas y medio competía y hasta superaba su palta actual).
–¿Qué te dijo? ¿Por qué se fue?
–Dijo que se sentía mal viéndome infeliz, y que prefería interrumpir nuestra convivencia hasta que yo supiera qué hacer…
–¿Le contaste algo? 
–No, no sé, no me pareció un buen momento. 
–Te entiendo…
–Lo más difícil es que me ha pedido que tome una decisión, y yo ya sé qué quiero, quiero separarme. Pero, por otro lado, ver a Emilio triste me descose el corazón. No quiero que me eche la culpa después… 
–Te está chantajeando, ¿te das cuenta? 
–Sí, al irse me pone contra la pared, como forzándome a hacer las cosas a su manera…
Amanda se puso a llorar de la nada
–Te prohíbo llorar, Di Lorenzi, me duele escucharte así
–Sorry, amor, pero es que no puedo con todo esto. Es demasiado. Lloro de rabia, porque mi matrimonio se fue al diablo, porque te encontré tarde, porque soy una mala madre, porque siento que fui una cobarde al dejar que Jaime se fuera sin decirle nada de lo nuestro. Por lo menos se merece que se lo diga…
Gabriel pensaba exactamente lo contrario, pero no opinó. Lo que menos quería él era que Jaime se enterara de que había un fulano por ahí que se montaba a su esposa desde hacía dos meses. Porque si llegaba a haber un careo, una disputa, un enfrentamiento, por más que Gabriel le contara a Jaime la encantadora historia del colegio, del reencuentro en Huaringas y le dijera lo mucho que él adoraba a Amanda desde los 15 años, por más que desempolvara esa tierna perorata, a Jaime –como a cualquier hombre traicionado– solo le importaría una cosa puntual: que él tiraba con su esposa. Lo demás le valdría un carajo. Él tiraba con su mujer y merecía morir por cabrón, por polizón, por andar metiendo la poronga en un hueco ajeno. Que él ya no follara con Amanda, no quería decir que otro podía venir a remover el pasado con el pendenciero truco del te acuerdas cuando tú y yo, y luego meterse en su cama tan campante. Esa osadía debía ser castigada de manera ejemplar.
–Lo único bueno de todo esto, Gabo, es que ahora podremos vernos con algo más de libertad, dijo Amanda, recuperando algo de sosiego 
–¿Y si te abre un juicio por adulterio? ¿Te acuerdas que eso te preocupaba?
–Sí, pero ya no me importa. Estoy cansada. Ya veré cómo hago. Yo solo quiero estar con Emilio y contigo, amor…
–Sí, Amanda, yo también, yo también

(…)

Gabriel salió de la agencia esa noche y manejó con rumbo a Barranco. Quería tomar algo. Quería despejarse. Con la presión del trabajo y con lo de Amanda, sus neuronas tenían suficiente. Era miércoles. El Dragón, en la Avenida Nicolás de Piérola, se ponía muy bien ese día.
Mientras manejaba, Gabriel pensó en telefonear a Martín para que lo acompañara. Él era el único que sabía su historia completa y este era un buen momento para conversar y obtener un consejo de su parte. Sin embargo, desde los días posteriores al matrimonio de Juan Pablo, Martín se había mostrado algo distante. Con lo astuto que era, quizás ya se había dado cuenta de que entre Gabriel y María Pía pasaba algo. Quizás la propia María Pía se lo había dicho, para enfrentarlos. Quizás estaba decepcionado de su amigo y prefería evitarlo porque acabaría pegándole una trompada. O quizás solo estaba perdido, como tantas otras veces.
Cuando al fin decidió telefonearlo, Martín no contestó. Gabriel se topó otra vez con la mujer de la grabadora, y dejó un mensaje:
–Maricón, llámame, no sé nada de ti hace días, un abrazo…
Se sintió un traidor, un rastrero, dejándole un abrazo telefónico a Martín, después de haberle ocultado que tiraba cuando le daba la gana con María Pía, la chica que le gustó primero a él. El mal sabor de su mensaje hipócrita, sin embargo, se diluyó apenas llegó a la playa de estacionamiento.
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El Dragón era uno de los pocos lugares a los que Gabriel le gustaba ir solo. Podía sentarse en la barra, tomarse una cerveza y distraerse con la gente, con la música, y sobre todo con la chica de tetas grandes que atendía allí. Desde que volvió de Buenos Aires había ido tres o cuatro veces y siempre se encontraba con ella.
No tenía una cara agraciada y sus piernas eran un poco flacuchentas, pero sus tetas eran de infarto: enormes, redondas, paradas y bien envueltas en unos politos pegados que las hacían verse más abultadas y exuberantes de lo que ya eran. Cada vez que la mesera tetona se le acercaba, Gabriel hundía los ojos en sus pechos y, mientras le preguntaba cómo estaba y le pedía una jarra de cerveza al polo, soñaba con algún día palpar esas ubres, chupetearlas y morderlas. Era, sin duda, el sueño compartido por todos los hombres que iban a El Dragón y que quedaban maravillados y arrechos ante el espectáculo de esas tetas portentosas que parecían tener vida propia y que sacaban la cara por esa muchachita de facciones más bien toscas.
Eran las 10:45 p.m. cuando Gabriel llegó. El local ya estaba un poco lleno. La música electrónica retumbaba. En el escenario la DJ Maysa Lozano hacía bailar al público con sus melodiosas mezclas de tecno–house. Muchos iban los miércoles solo por ir, porque había gente más pituca y más bonita que otros días, y porque quedaba muy bien decir el jueves por la mañana “ayer estuve en El Dragón”. Esa era gente que en muchos casos detestaba la música electrónica, pero amaba la vida social y por eso se bancaba tres horas de ruidos delirantes, fingiendo divertirse.
Gabriel se sentó en un banco y se atrincheró a un costado de la barra, pegado a la pista de baile. Era su lugar preferido, porque desde allí podía tener una buena vista de los dos ambientes del local: veía a las mujeres que bailaban solas, a las parejas besándose contra las columnas, y a los demás inquietos círculos de chicos y chicas, todos a la caza de alguna aventura. Por manía profesional, Gabriel disfrutaba analizando el comportamiento de los demás. Después de todo, gran parte de su trabajo publicitario consistía en eso, en ver y medir las reacciones de la gente cuando socializaba.
Notó, por ejemplo, cómo un chico abordaba a una gringa que no le prestaba la menor atención. El muchacho, que tenía pinta de estar un poco pasado de vueltas, porfiaba diciéndole vaya uno a saber qué cosas al oído, pero la rubia bailaba con los ojos cerrados, como en un éxtasis introspectivo, sin siquiera inmutarse ante la presencia de ese moscardón humano que le zumbaba en la oreja. Notó también cómo algunos de los chicos menos apuestos se juntaban en grupos pero casi ni hablaban entre ellos. A la distancia era evidente que ellos preferían estar en compañía de alguna mujer, pero se desplazaban así, en manada, porque era su único recurso de subsistencia.
El local entonces ya estaba repleto. La gente enloquecida vibraba con la DJ. La noche prometía durar mucho.
Gabriel estaba por destapar su segunda cerveza cuando se acordó de Amanda, a quien infructuosamente había tratado de mantener alejada de sus pensamientos por un rato. Era inevitable pensar en ella. Ni la música electrónica podía llevársela de su cabeza. Comenzó a preguntarse a sí mismo cómo se sentía con todo lo que acababa de suceder: la salida de Jaime del departamento, y la invitación que le había hecho Amanda para, prácticamente, abandonar las sombras y pasar a la luz: dejar de ser amantes y convertirse en enamorados visibles, comunes y corrientes. “Ahora podremos vernos con algo más de libertad”, le había dicho.
Estaba en esas, tomando un sorbo del pico la botella, cuando vio entrar por la puerta a un viejo amigo. Un amigo del colegio. Hacía bastante tiempo que no sabía nada de él, pero lo reconoció de inmediato porque estaba igualito. Haciendo memoria recordó que la última vez que lo había visto fue antes de irse a Argentina, en una reunión de ex alumnos. Casi ocho años habían pasado desde entonces. En esa época, Gabriel acababa de graduarse del IPP y estaba por viajar a Buenos Aires, y este amigo –que ahora se abría paso entre la multitud de El Dragón, con dirección a la misma barra en la que él estaba– acababa de terminar Periodismo en la Universidad de Lima y había iniciado sus prácticas en El Comercio. Recordaba ese último detalle con precisión porque, poco antes de ese almuerzo de ex alumnos, leyó una columna suya en El Dominical sobre El Túnel de Ernesto Sábato que le había gustado mucho.
Cuando lo tuvo al costado, no dudo en pasarle la voz:
¡Renato!, le gritó
El amigo –un sujeto bajetón, con barba rala y un lunar en el cachete izquierdo– volteó de inmediato y, tras unos segundos de duda, lo reconoció.



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